Corazones en la sombra

Corazones en la sombra
Primera pintura: ¿De qué vida hablas?
¿De qué vida hablas,
tú, que pronuncias el tiempo
como si fuera una plegaria perdida?
¿De aquella que se deslizó entre las manos
como agua — que no se puede retener,
que no regresa,
y sólo deja un territorio de nostalgia?
¿O de un tiempo que temía a la sombra
como el día teme al fin del sol,
y se rendía al silencio de los tristes?
Ese tiempo que pasa
pero nunca pertenece,
como un sueño que habita en nosotros
y se disuelve en su propio eco.
¿Me preguntas en qué vida nos encontramos?
¿En la que fue crucificada
sobre los rostros de los que pasan,
en la que dejó el amor suspendido
en imágenes que aún abrazan la memoria?
Las visitamos cada noche,
como quien saluda
las ruinas de los soñadores.
¿O hablas del tiempo que aún no ha nacido,
que respira en el vientre de la espera,
floreciendo en el instante
en que tus ojos me tocan,
y crece cuando sopla el perfume del deseo?
No, hablas del ahora,
de este instante que nos contiene,
donde la vida se hace vida de amantes,
cuando la luz de nuestras almas
se mezcla en un solo respiro,
y el mundo se revela
en los ojos de los que sueñan.
Ese es el tiempo verdadero,
medido no por calendarios
ni por los truenos mudos de los años,
sino por el pulso compartido
entre dos corazones.
Una vida nacida de la verdad,
del asombro puro —
como una oración de luz
que se refleja en tus ojos.
Segunda pintura: Aquel instante que nunca terminó
Desde que nos encontramos — créeme —
el encuentro no ha terminado.
El deseo no se ha apagado.
Aún en el horizonte
se escucha nuestra voz
llamando a un mañana
donde los amantes se prometen volver.
Vivimos esperando ese regreso,
como luz que guía
a los que sueñan con llegar.
Porque la vida — la verdadera —
no empezó cuando existimos,
sino cuando dijimos:
Nos veremos, aunque sea después…
¿De qué vida hablas?
¿De la que se deslizó entre nuestras manos
como el agua — imposible de retener,
dejando detrás un resplandor de nostalgia?
¿O de aquella que pasó rozando el corazón,
como una sombra leve
que deja en el alma un puñado de imágenes,
estrellas apagadas en el cielo del recuerdo?
Tal vez hablas del tiempo que partió,
dejando el silencio extendido como un mar,
y las memorias suspendidas
entre la noche y el día,
a las que saludamos en secreto,
como quien visita los restos de un sueño.
¿O del tiempo que aún no ha nacido,
pero florece cuando nos miramos,
y el alma comprende
que la vida comenzó solo al encontrarte?
Ese tiempo no se mide en días ni en años,
sino en el latido que une dos corazones,
en la sorpresa primera
cuando los amantes descubren
que una sola mirada puede crear el universo.
Desde entonces,
el encuentro no terminó,
el deseo no se extinguió.
Nuestro llamado flota en el aire,
convocando a un amanecer
donde el amor no tiene fronteras,
ni relojes, ni miedo al paso del tiempo.
Solo nosotros — un alma, un pulso,
una certeza luminosa:
nacimos juntos.
En esta vida,
cada mirada es un nacimiento,
cada risa abre alas en el cielo,
cada susurro sopla en el corazón
un sueño sin fin.
La noche murmura nuestros nombres,
las estrellas tiemblan como pájaros,
el viento acaricia las flores
y abre las casas del recuerdo,
mezclando pasado y futuro
en un solo instante de amor.
Porque el amor aquí
no teme el adiós,
no obedece al tiempo,
no muere.
Permanece — eterno —
en un lugar que no tocan las manos
ni alcanzan los relojes:
el lugar entre dos almas
donde el pasado se disuelve,
el futuro nace,
y el presente arde.
Ese es nuestro tiempo verdadero:
un instante puro,
encendido por el deseo,
donde no fuimos antes
ni seremos después los mismos.
Un tiempo nacido
cuando dijimos:
Nos veremos, aunque sea después…
Y desde aquel instante,
cada vez que nos encontramos,
volvemos a nacer.
Como una luz que nunca se apaga,
como un sueño que pasa por nosotros
y nos deja más vivos,
más llenos de amor,
más conscientes
de que solo juntos
comprendemos el verdadero sentido del tiempo.
Aquí,
donde la luz de un alma se divide en dos,
donde los ojos miran el mundo
con la visión de los que sueñan,
la vida deja de ser tiempo o historia:
cada instante vivido en amor
es una eternidad.
Cada latido es una vida,
cada encuentro,
la creación de un universo nuevo.
Así, el tiempo permanece,
no en los relojes,
sino en el milagro del encuentro.
Porque solo al amarnos,
solo al reconocernos,
nacemos de nuevo.

La segunda pintura: La creí
La creí…
Creí en ella como se cree en la primera brisa
que pasa entre los dedos,
como el rocío cree en la mañana
cuando toca los pétalos y despierta la flor.
Era como el agua:
fluía entre mis manos,
rozaba el corazón
y dejaba su huella en todo lo que miraba.
Su risa…
ah, su risa,
se deslizaba dentro de mi alma sin pedir permiso,
jugaba conmigo
como un soplo frío de amanecer
que susurra a todo alrededor:
“Esta es su sonrisa…
esta es la vida que te ofrece.”
Y yo,
ya era parte de ella,
y ella, parte de mí.
Caminábamos juntos
sin fronteras,
sin fechas,
sin mañana.
Sus ojos…
eran un mar en calma,
profundo y lleno de secretos
que solo quien se atreve a hundirse podría entender.
Tenían un vaivén de nostalgias,
olas que nadie había tocado,
y detrás de su sonrisa,
una luz escondida,
como el sol tras las nubes.
Mi alma se perdía en ese resplandor,
sin resistencia,
sin preguntas,
como la noche que se rinde ante las estrellas,
como un sueño que no quiere despertar.
Y su sonrisa…
era un destello que cortaba la niebla,
un rayo que le susurra a la vida que siga.
Podía oírla antes de que riera,
sentirla antes de verla.
Y todo a nuestro alrededor callaba,
respetando el silencio que nos unía,
como si el mundo entero custodiara
ese secreto
sin comprenderlo,
sin atreverse a nombrarlo.
La tercera pintura: Su nombre en el viento
Oigo el sonido de tu corazón,
gritando su nombre…
Sí, la oigo en el viento,
veo su sonrisa en el temblor de los árboles,
la siento en cada gesto,
en cada susurro,
en cada sombra de la noche.
El agua responde con su murmullo:
“Yo reflejo su rostro,
cada ola lleva tu corazón con ella.
Aunque esté lejos,
permanece aquí…”
La veía,
vivía en su reflejo sobre el agua,
en las gotas de lluvia,
en el pequeño estanque frente a mí.
La guardaba como el mar guarda su perla,
un secreto eterno
que nadie revela.
Creí en ella,
con toda la pasión que me habita,
con toda la entrega de mi alma ante el amor.
Pensé que poseía mi corazón
como yo poseía el suyo,
y vivía nuestros instantes
como una nube que calla sobre el mar,
viendo en ella
todo lo que nadie había visto.
Su amor era silencio,
pero presencia.
Sí, presencia a pesar de las cadenas,
a pesar del dolor,
a pesar de lo imposible.
Las cadenas de la vida,
de los días,
de aquello que el mundo llama:
“No se puede.”
La cuarta pintura: El eco del amor
La amé sin condiciones,
sin límites,
sin miedo.
Aprendí que el amor verdadero
no siempre llega a ser completo;
a veces es silencio,
presencia pura,
verdad que respira dentro del dolor.
Cada aroma,
cada color,
lleva su memoria.
Cada pétalo susurra su nombre.
Veía su sonrisa en cada flor,
oía su risa en el murmullo de las hojas,
la sentía en cada soplo de aire
que tocaba mi rostro.
¿Se completa alguna vez el amor?
A veces es solo esto:
el silencio entre mi corazón y el suyo,
el pulso que confirma
que seguimos siendo amantes,
aunque el amor sea solo una ilusión.
Una ilusión que duele,
una verdad que engaña.
¿Cuántos de nuestros momentos fueron sueño?
¿Cuánta de su sonrisa fue prisión?
Y mi corazón, ¿cuánto se hundió
en el espejismo de la felicidad?
Le di toda mi verdad,
creyendo que el amor bastaba.
Y sí… el amor verdadero permanece,
a pesar de las cadenas,
a pesar del dolor.
Permanece en mí,
en cada brisa,
en cada reflejo,
en cada sombra.
Permanece,
aunque ya no estemos juntos.
Nuestra historia…
un amor sincero,
una ilusión herida,
una libertad nunca alcanzada.
Pero me enseñó el sentido del amor,
del esperar,
del resistir al propio corazón.
Me enseñó a amar sin poseer,
a creer sin tener,
a guardar el sueño
aunque nunca fuera mío.
La quinta pintura: Entre los muros del viento
Ella me amaba…
Sentía su pulso oculto,
sus palabras deslizándose como hojas de otoño,
susurrando en mi pecho antes de llegar a mí,
como si conociera mi corazón
antes de que yo mismo lo descubriera.
Pero estaba prisionera…
Encadenada por la vida,
por muros invisibles que solo el alma percibe,
murallas de circunstancias
tan densas como las nubes del invierno.
El mundo parecía cerrarse a su alrededor,
y solo el viento podía liberarla…
Pero ese viento nunca fue nuestro.
La veía como una flor cautiva
en una maceta demasiado pequeña,
buscando el sol,
buscando el aire,
buscando la libertad.
Las paredes de la realidad
detenían su perfume,
su luz, su vuelo.
Y yo intentaba,
desde las grietas,
enviarle el soplo de mi corazón,
rozarla, liberarla un poco…
La sentía.
Sentía su vida dentro de esa prisión.
La amaba sabiendo
que la libertad no era para nosotros,
que mi amor era solo brisa
que susurra entre los barrotes,
sombra que intenta cruzar el muro del silencio.
La noche es testigo.
La noche se desliza entre los árboles,
abraza el balcón,
roza mi rostro,
y cada sombra me pregunta:
—La amas… pero ¿la liberas?—
Y yo respondo, callado:
—Soy impotente, pero mi corazón está con ella.
Aunque permanezca cautiva,
aunque no alcance el sol,
aunque nuestro amor
sea solo una brisa
entre muros que jamás se abrirán.—
La flor…
Siento que sabe que mi corazón está con ella,
que respiro su nombre cada mañana y cada tarde,
y que cada instante que paso junto a ella
es un fragmento de la libertad que le falta.
El agua en el pequeño estanque susurra:
“Tu reflejo la lleva,
cada onda mía pronuncia su nombre,
aunque esté lejos,
la guardo en mi corazón…”
Sí… cada reflejo,
cada latido,
cada ola,
cada lágrima,
cada susurro,
me la trae, como el río lleva las piedras pequeñas entre sus dedos.
Un amor que no tuvo plena libertad,
pero que permanece presente siempre…
El viento pasa entre los árboles:
todo lo que intenta… todo lo que desea…
sé que todo busca liberarse,
aunque esté limitado…
La amaba sin condiciones,
sin cadenas, sin espera,
aprendí que el verdadero amor es silencioso,
fiel, presente,
aunque permanezca tras muros que jamás se abran.
Las flores susurran su nombre:
en cada color,
en cada aroma, en cada pétalo.
Veo su sonrisa,
escucho el eco de su risa,
la siento como siento la brisa,
como siento la luz de la luna,
como siento la lluvia…
Las estrellas parpadean, preguntándome en silencio:
“¿Acaso el amor necesita cumplirse?”
A veces… a veces basta con amarlo así…
llevarlo en nuestro silencio,
vivirlo en la imaginación,
respirarlo en cada instante que pasa…
Y yo…
la guardo en mi corazón,
la amo como la noche ama a las estrellas,
como la tierra sedienta ama la lluvia,
como la brisa ama a las flores,
aunque no sea libre,
aunque el amor permanezca solo un espejismo…
Nuestra historia…
un amor sincero,
un espejismo doloroso,
una libertad que nunca llegó,
pero nos enseñó el significado del verdadero amor,
el sentido de la espera, la paciencia del corazón,
nos enseñó a amar sin poseer,
a confiar sin tener,
a guardar el sueño aunque no fuera nuestro…
Creí en el amor…
creí que viviríamos el instante como debía ser,
que existiríamos juntos entre nuestras risas y respiraciones,
entre la noche y el día,
entre nuestro sueño y el mundo ilusorio,
y pensé que cada segundo juntos bastaba,
como si el tiempo nos concediera el derecho de llenarlo de pasión y calor…
Pero la verdad…
era más intensa que cualquier ilusión,
más profunda que cualquier promesa…
¿Crees que el amor basta por sí solo?
Sí… creía…
No solo creía que bastaba,
ponía cada sueño y cada verdad de mi corazón sobre la mesa cada noche,
asumiendo que el amor abriría camino a pesar de todas las cadenas.
Pero la realidad…
extendía sus pesadas paredes ante nosotros,
no dejando espacio al sueño, ni al gozo…
Ella me amaba…
sí, lo sentí en cada latido silencioso,
en cada palabra no pronunciada,
en cada sonrisa que alcanzaba mi corazón antes de mostrarse ante mí,
pero la vida no le concedió la libertad de elegir,
ni dejó que su corazón fluyera como deseaba…
Todo estaba atrapado… todo limitado…
Sí…
yo le ofrecía toda mi sinceridad,
todo mi sueño,
y creía que el amor bastaría,
pero descubrí que el amor no puede romper cadenas,
ni liberar de las circunstancias impuestas por la vida…
La noche te envuelve con su silencio…
dice: “¿Has encontrado alguna salida?”
El camino está cerrado… no hay escape…
El amor llena mi corazón,
pero no llena nuestra vida,
y permanece entre nosotros como un susurro que nadie escucha…
Y las flores en el balcón susurran suavemente:
“Hay algo que te detiene, algo más profundo que cualquier seguridad…”
Y yo lo veía…
Sentía que mi existencia a su lado era limitada,
como una flor cautiva,
y yo, una brisa intentando tocarla,
pero los muros eran sólidos…
y las cadenas no permitían que ningún aire atravesara…
Las estrellas brillaban, susurrando en silencio:
El amor… a veces no tiene lugar para la libertad.
Sí… la amaba a pesar de todos los límites del cerco,
la guardaba en mi corazón como la noche guarda el silencio de las sombras,
como la tierra sedienta se alegra con la lluvia,
como el silencio protege un secreto profundo que apenas se dice…
Nuestra historia…
fue un amor sincero,
un sueño en un mundo que nos encadena,
un latido en el corazón del tiempo,
nos enseñó que el amor a veces basta,
aunque la libertad siempre sea parte del paisaje,
y que basta con sentir, incluso si no se alcanza…
Cuánto me dolía…
cuánto sufrí en los momentos en que la veía sonreírme,
y mi corazón se hundía en una felicidad ilusoria,
como si todo a mi alrededor gritara de alegría,
y yo supiera que su sonrisa estaba limitada,
y que su corazón no era tan libre como yo pensaba…
Vivía entre la verdad y la ilusión…
entre lo que deseaba y lo que era…
entre un amor al que no se le dio su derecho,
y un corazón al que no se liberó…
¿No lo sentiste? ¿No supiste que cada sonrisa no era completamente tuya?
Sí… lo sentí… cada momento era como un sueño que tocaba mis dedos,
y luego desaparecía entre muros que no se abrieron…
El viento me abrazaba suavemente:
Paciencia… paciencia…
Yo aprendía…
a comprender que el verdadero amor no está en el encuentro,
ni en las promesas,
ni en lo que el corazón desea solo…
Está en la paciencia con el dolor,
en la capacidad de entender,
en la compasión hacia la propia alma que solo tiene lo que posee…
Las estrellas brillan como ojitos que me preguntan en silencio:
¿Amaste lo suficiente?
Amé… amé hasta los límites del dolor, con ella y por ella,
amé hasta comprender que el amor a veces es silencioso,
incluso cuando habita un corazón que no posee libertad…
Las flores en el balcón susurran:
Cada instante de dolor fue una lección…
Sí… cada instante de dolor,
cada sonrisa limitada, cada corazón que no se liberó,
me enseñó el significado de la compasión, del amor sincero,
me enseñó que el amor puede ser silencioso,
y estar presente a pesar de los límites,
a pesar del dolor, a pesar de lo imposible…
Y aquí me siento, entre la noche, el viento y las sombras,
repaso cada sonrisa,
cada momento, cada latido,
los guardo en mi corazón como un tesoro silencioso,
como una flor en una maceta estrecha,
como un sueño que pasa entre paredes sin tocarlas,
y todo ello me enseñó que el verdadero amor…
no está en poseer a quien amas,
ni en la libertad absoluta,
sino en la sinceridad del corazón,
en la paciencia,
en la compasión,
en la capacidad de amar sin condiciones…
La noche pasa pesada…
las estrellas nos observan en silencio,
y el viento susurra nuestros nombres como si conociera toda la historia,
como diciendo:
“El amor es más profundo que las cadenas,
y más bello cuando es sincero a pesar de lo imposible…”
La veía en cada sombra…
en el reflejo del agua, en cada estrella que dibuja un rayo sobre mi ventana,
en el susurro del viento que roza mi rostro…
Como si estuviera en todo,
incluso en lo que no tocamos,
incluso en el silencio que nos rodea…
La vivía en el delirio…
la guardaba en mi corazón como un pescador sostiene un pez pequeño en la mano,
sabiendo que lo devolverá,
porque debe regresar al mar tarde o temprano…
La sostenía entre mis dedos,
pero temía soltarla de mi agarre
o entre los latidos de mi corazón,
entre el silencio de la noche,
entre los susurros del viento…
Cada sombra, cada reflejo,
cada estrella me decía:
“No intentes poseerla…
el amor a veces solo necesita existir,
aunque sea un sueño,
aunque permanezca lejos…
aunque solo habite en tu corazón…”
Y el viento susurra otra vez:
Todo pasará… como pasa cada momento…
como termina cada sueño…
Sí… en cada instante,
en cada ilusión,
en cada sentimiento,
renovaba mi fuerza para sostenerla…
para guardarla,
y respirarla en silencio,
y estar seguro de que, a pesar de la distancia y las cadenas,
a pesar de los límites que nos impiden el encuentro completo,
el amor permanecerá presente,
sincero, vivo en todo lo que me rodea…
El agua refleja su imagen,
como si todo el tiempo se repitiera ante mí…
La veía,
la vivía,
soñaba con ella y la guardaba,
como la noche guarda las estrellas,
como el mar mezcla sus olas,
como el corazón se aferra a un amor que no puede poseer…
Era un amor que no tuvo libertad…
y la verdad era amarga,
pero me enseñó a creer en el amor,
incluso cuando es solo un sueño,
a valorar el latido que llega de un corazón que no puede derramarse como desea…
Cada día… cada instante…
descubrí en su sonrisa algo que nunca había visto,
en su lágrima, palabras ocultas,
en su silencio, algo más grande que cualquier palabra,
y en su voz, el eco de un alma que no puedo liberar…
Era realmente amada…
pero estaba atrapada…
entre su deseo y un mundo que no le da libertad,
entre su sueño y los muros de la realidad,
entre lo que su espíritu quiere y lo que la vida le impone…
¿Ves las cadenas? ¿Sientes la distancia entre ustedes?
Sí… la siento… la siento en cada latido,
en cada sonrisa, en cada lágrima,
y comprendo que el amor aquí no está en poseerla,
sino en comprenderla,
en valorar su latido,
en ser paciente con su existencia tal como es…
Las sombras bailan sobre la tierra:
¿Es suficiente?
Sí… basta con guardarla en mi corazón,
con conservarla en cada reflejo,
en cada luz de luna,
en cada susurro del viento,
darle toda mi sinceridad sin poseerla,
estar presente para ella, con ella, y por ella,
presente a pesar de los límites,
presente a pesar del dolor,
presente a pesar de lo imposible…
El agua en el pequeño estanque refleja su imagen:
cada reflejo,
cada ilusión,
cada instante,
me enseña que el verdadero amor no está en poseer,
sino en amarlo con sinceridad,
protegerlo en silencio,
cuidarlo como las estrellas conservan su brillo,
como las olas mantienen su ritmo,
como el corazón sigue latiendo aunque no se desborde…
Las flores se mecen suavemente en la brisa:
el amor verdadero a veces basta con estar presente,
aunque esté atado,
aunque esté lejos,
aunque permanezca como un sueño aprisionado entre los muros de la realidad…
La seguí amando…
con más profundidad que cualquier encuentro,
más que cualquier promesa…
Comprendí que el amor más profundo, el más verdadero,
no necesita ser completo,
sino estar presente en el corazón,
a pesar de los límites,
a pesar del dolor, a pesar de la ilusión…
La amaba como la lluvia ama la tierra sedienta,
como la brisa ama las flores,
como la noche ama las estrellas,
como si todo a mi alrededor respirara su nombre,
como si cada gota de lluvia, cada movimiento del viento, cada luz de estrella,
la llevara hacia mí, recordándome su presencia…
Y el amor llenaba mi corazón…
aunque sabía que no podía liberarla,
aunque viviera suspendido entre el sueño y la realidad,
entre lo que deseé y lo que fue,
entre lo posible y lo imposible…
La noche susurraba a mi oído:
¿Será suficiente este amor?
—Sí… basta con que esté presente,
basta con vivirlo en mi corazón,
basta con sentirlo en cada latido,
en cada susurro,
en cada reflejo de la lluvia sobre la tierra,
en cada sombra, en cada movimiento del viento,
en cada estrella que brilla a lo lejos…
Y todo a mi alrededor testifica:
El verdadero amor…
no está en poseer a quien amas,
ni en completar el encuentro,
ni en cumplir todos los deseos,
sino en la sinceridad, en la apreciación, en el sentimiento,
incluso si el amor permanece encerrado, incluso si permanece lejos…
Yo estaba allí, entre la lluvia, el viento, la noche y las estrellas,
y la guardaba,
la amaba,
soñaba con ella, le entregaba mi corazón,
y sabía que, a pesar de todos los límites y barreras,
el amor seguía presente… vivo… sincero… eterno…
El viento pasa entre los árboles…
sopla sobre las flores,
y me devuelve su imagen,
como si me hablara con voz secreta:
«Aquí está, aunque esté lejos,
aquí… en tu corazón, siempre aquí…»
Escuchaba su voz en el susurro de las hojas,
en el murmullo del agua entre las piedras,
en los pasos del viento que se cuela por las paredes de la habitación,
en todo lo que me rodea…
Todo me la recuerda,
me recuerda su amor sincero y restringido,
su verdad escondida tras los límites de la vida…
La guardaba en mi corazón,
como la noche guarda su silencio,
como el mar guarda sus olas,
como la lluvia guarda sus gotas entre cielo y tierra…
Cada soplo de brisa, cada reflejo, cada sombra,
me contaba algo de su corazón, de sus cadenas, de su libertad perdida,
y de que el amor a veces está presente por completo,
aunque sea incompleto,
aunque quede atrapado entre muros infranqueables…
Las flores se balancean,
como si conocieran el secreto de mi corazón:
Sí… la amaba…
la amaba como la noche ama a las estrellas,
como la lluvia ama la tierra sedienta,
como la brisa ama las flores,
aunque permaneciera lejos… aunque su amor estuviera confinado…
La guardaba en mi corazón, la respiraba en cada instante,
y sabía que, a pesar de todas las limitaciones,
el amor estaba presente… vivo… sincero… eterno…
La veía reflejada en el agua…
en cada pequeño río que cruzaba mi camino,
en cada gota de lluvia que tocaba mi rostro al amanecer,
en cada ola que rompía en la orilla del recuerdo…
La vivía allí…
en cada movimiento del agua, en cada reflejo,
la guardaba como el mar guarda las perlas,
como un secreto eterno, que nadie revela…
el secreto del amor que no fue libre…
Cada ola, cada gota, cada reflejo,
me contaba algo de su corazón, de sus cadenas, de su libertad perdida,
de un instante que no se completó,
de un latido que no se soltó,
de un amor sincero, presente, silencioso, oculto…
¡La respiraba!
La veía en el agua, en cada gota de lluvia,
escuchaba el eco de su voz en el murmullo del río,
veía su sonrisa en cada movimiento de la ola,
y comprendía que este amor…
a pesar de todas las cadenas, a pesar de lo imposible…
seguía vivo, sincero, eterno, presente en mi corazón…
Guárdala… vívela… haz de ella un secreto entre las olas,
como la noche guarda los secretos de las estrellas,
como la lluvia guarda los secretos de la tierra sedienta…
Sí… eso hacía…
la conservaba, la amaba, la vivía, la protegía,
aunque permaneciera lejos, aunque su amor estuviera atrapado entre límites…
Y cada noche…
me rendía a la imaginación…
la vivía conmigo…
la encendía en mi corazón…
la respiraba como el amante respira el aire,
como si cada aliento la trajera hacia mí, hacia mi corazón…
Recordaba…
que el amor verdadero no muere…
sino que continúa en silencio…
como la ola en la orilla, que llega y se aleja sin fin…
como la luz que atraviesa una ventana en una habitación oscura,
iluminando algo interior que nadie ve…
como el sueño que permanece, presente a pesar de todas las cadenas, a pesar de lo imposible…
La noche me susurra:
el amor silencioso está presente…
aunque no lo toques, aunque no lo poseas…
aunque permanezca solo un espejismo…
Yo lo vivía en la imaginación, lo guardaba en mi corazón,
y sabía que cada latido, cada aliento, cada sueño,
seguía siendo testigo de la sinceridad de este amor,
de su fragilidad y su fuerza a la vez…
La ola susurra en la orilla:
todo pasa… cada momento… cada latido…
sí… cada instante de amor silencioso, cada latido secreto, cada ilusión viva…
Yo la guardaba, la amaba, la vivía, la protegía,
y comprendía que, a pesar de los límites, a pesar de lo imposible, a pesar de la distancia…
el amor estaba presente, vivo, eterno, silencioso, pero real…
Y así…
aprendí que el amor no necesariamente se vive en el encuentro…
ni se mide por la felicidad o el dolor…
sino por la sinceridad que llevamos en lo profundo,
por el latido que demuestra que el corazón estuvo vivo al amar…
y que la vida era más hermosa.
Aunque el amor sea solo un espejismo,
o un amor que no se le concedió libertad,
o un corazón atrapado entre cadenas…
nuestra historia fue…
un amor sincero,
una ilusión dolorosa,
una libertad que no se alcanzó…
Pero me enseñó el significado del amor…
el significado de la espera…
el significado de la paciencia con el corazón…
el significado de amar sin poseer…
de creer sin poseer…
de conservar el sueño, aunque no nos perteneciera…
Este es el amor verdadero…
no está en poseer, no está en el encuentro, no está en la plenitud…
sino en la presencia sincera, en el latido que persiste,
en la capacidad de amar a pesar de las cadenas…
La ola susurra en la orilla:
cada instante de amor silencioso,
cada sueño encerrado, cada ilusión viva…
basta con llevarlo en el corazón,
vivirlo, conservarlo,
pues es testigo de nuestra sinceridad,
de nuestra presencia,
de nuestra capacidad de amar…
Y el viento pasa entre los árboles, susurrando:
el amor está presente, vivo, eterno…
aunque permanezca detrás de muros que no se abren,
aunque quede en ilusión, silencio y cadenas…
el amor está presente…
sincero…
eterno…

Mujer de luz
La tarde caía lentamente sobre las calles antiguas de Damasco, cuando entró en la pequeña galería escondida entre dos muros inclinados de ladrillo y piedra. Dentro no había bullicio, solo una música tenue que emanaba de un viejo reproductor en la esquina, mezclada con el aroma del aceite de lino y la pintura antigua. Se detuvo de repente, como si algo lo hubiera detenido en medio de un sueño.
Allí estaba, colgada en la pared opuesta, un cuadro enmarcado en madera antigua, grabada con delicados relieves que recordaban alas entrelazadas. En el centro del marco, una mujer caminaba hacia él con pasos pausados y seguros, vestida con un ligero vestido blanco que parecía brillar con un tejido intangible. Detrás de ella, los colores ondulaban como un cielo preparándose para el amanecer, abriendo sus brazos a una luz que no venía del exterior, sino que emergía desde su interior.
El marco de madera, desgastado por manos que lo habían tocado durante años, conservaba aún un aire de nobleza antigua. Sus ornamentos entrelazados parecían alas que custodiaban el sueño contenido en su interior. En el corazón del cuadro, la mujer estaba descalza, como si la tierra obedeciera sus pasos. Su piel irradiaba una pureza donde la luz se mezclaba con la sombra, y su cabello, suelto sobre los hombros, parecía trigo bajo la luz del ocaso. Su mirada combinaba serenidad y misterio, como si al mismo tiempo anunciara y reprendiera.
Se quedó absorto, como si el instante lo hubiera arrancado de su tiempo y lo lanzara a una historia sin principio ni fin. Sintió que el cuadro no se miraba, sino que se sentía. Había en su rostro algo que le recordaba a alguien de quien había callado por largo tiempo, algo parecido a su sonrisa después de la duda, o a su asombro contenido en una palabra breve.
Se acercó un paso, como hablando consigo mismo:
—Camina hacia mí, no hacia la luz… como si conociera el camino que yo he olvidado.
Ella avanzó hacia él, quedó a su lado escuchando el pulso del silencio entre los colores. Susurró, mientras su reflejo se dibujaba en el vidrio del cuadro:
—Mírame… no hay artificio en mí, ni gesto ni sonrisa forzada. Todo es una simple verdad, como si el pintor no hubiera retratado a una mujer, sino a una pureza.
Él respondió:
—O tal vez pintó la idea de la belleza antes de verla.
Se intercambiaron miradas en un silencio profundo, y en ese instante ambos sintieron que lo que estaba en el cuadro ya no era solo belleza visual, sino un secreto compartido entre ellos, algo que pertenecía solo a los dos, sin que nadie lo pronunciara. Como si la mujer en el marco los escuchara y sonriera en silencio, con tranquilidad.
Al salir de la galería, la noche ya se deslizaba sobre los muros de la ciudad como un telón de terciopelo oscuro. El aire traía el olor de callejones húmedos por el rocío de octubre y un hilo de música de oud desde un café cercano. Caminó en silencio por el empedrado gris, sumergido en el eco de lo que había visto.
Finalmente dijo, en voz baja, como temiendo despertar algo del cuadro:
—Qué extraño es cómo un rostro silencioso puede despertar en mí lo que creí dormido desde hace tiempo…
Ella respondió tras un breve titubeo:
—Porque la belleza no habla a los ojos, sino a lo que hay detrás de ellos.
Luego agregó él, recordando cómo la había mirado de reojo:
—A veces vemos en un cuadro algo que no nos atrevemos a decir en voz alta.
Sonrió, sintiendo que sus palabras tocaban un rincón oculto de su corazón, ese lugar que siempre huía cada vez que se acercaba al reconocimiento. Sus pasos resonaban al compás de un ritmo tranquilo, y la noche lo acompañaba como un amigo silencioso.
En su mente, la mujer del cuadro seguía caminando sin detenerse, con su vestido blanco y sus ojos que brillaban como recuerdos que nunca descansan. Sintió que ya no permanecía en la pared, sino que había salido de ella para habitar su camino, como una sombra de un sueño aún por completarse.
Al alejarse de la galería, miró hacia la ventana que aún permanecía iluminada a lo lejos y pensó:
—Tal vez esa mujer era el propio sueño… el sueño que precede a mi confesión y la prepara.
Y ella, parecía caminar a su lado en un largo silencio, con esa sonrisa enigmática que nunca dejaba de brillar, como si comprendiera que el cuadro y el espejo de la memoria se habían transformado en un pequeño diálogo entre ellos… y que aún se iba formando lentamente, al borde del sueño.

Mujer de luz
Entré en la galería como quien entra en el pecho de su amada.
No buscaba un cuadro.
Buscaba mi rostro perdido en una mujer que no conocía.
Allí estaba,
colgando de la pared como un rezo descendido del cielo.
Su rostro —no, no era un rostro—
sino una ventana abierta al amanecer,
a la luz que respira feminidad y camina lentamente hacia mi corazón.
Oh mujer de luz,
oh blancura que camina por los bordes del sueño,
¿qué pintor se atrevió a dibujarte?
¿Qué locura hizo que este cuerpo irradiara luz?
¿Qué secreto te hace sonreír con tanta calma
como si el mundo se desvaneciera entre tus labios?
El cuadro no fue pintado para permanecer inmóvil en la pared,
sino para florecer.
Escuché su voz desde lo profundo de la pintura,
una voz delicada que salía del aliento de la nube y me decía:
—Acércate… si crees que la belleza puede doler.
Me acerqué,
y juraría que se movió.
Sus ojos cambiaron,
me sonrió como si conociera mi memoria desde siglos atrás.
Le dije:
—¿Eres mujer o idea?
Ella respondió:
—Soy lo que temes decir… y lo que sueñas tocar.
La luz se derretía entre mis dedos,
y los colores me susurraban:
—Ella no está en el cuadro… está en ti.
Se acercó hacia mí,
y sentí que el aire entre nosotros se convertía en un solo cuerpo.
Toqué el vidrio,
y mi corazón vibró como si rozara la llama.
Sus cabellos caían del marco como ríos pequeños de oro,
y la noche se retiraba del lugar, tímida.
Oh mujer que no fuiste hecha de polvo,
oh mujer creada del aroma de la luz y la pureza del resplandor,
¿cómo lograste agitar mi cuerpo hasta el estremecimiento?
¿Cómo entraste en mi memoria sin tocar la puerta?
Salí de la galería,
pero ella no permaneció allí:
caminaba a mi lado,
con su vestido blanco,
con su rostro que parecía el significado antes de ser pronunciado.
Oh mujer de luz,
oh rareza de la imaginación.
Mujer de luz – Diálogo en la penumbra
La noche yacía sobre la ciudad
como una nube de ceniza suave,
cubriendo los tejados con alas de silencio pesado.
Pero el silencio no era tal:
era el parpadeo de luces perdidas
que se deslizaban entre las ventanas
como agua olvidada.
El viento se colaba por grietas
trayendo el olor de la madera húmeda,
el lamento de la pintura vieja,
y el polvo de memorias suspendidas en las esquinas.
Se sentó solo,
la lámpara amarilla agotándose sobre sus papeles,
temblando como una vela a punto de extinguirse.
Cerró la ventana,
pero el viento —alma que conoce su camino—
se filtró por un resquicio,
rozando su mejilla,
trayendo consigo el perfume del cuadro:
una luz que no se apagó desde que la vio,
un sonido aún no nacido.
Fijó la mirada en la penumbra,
y de ella emergió una sombra delicada,
líneas formadas por aliento y luz,
una figura femenina tomando forma
entre restos de sueños y fantasía,
como si la noche misma la hubiera dibujado
sobre la página de su conciencia.
Ella habló, su voz brotando del silencio que conoce la música:
—¿Por qué me niegas?
¿No fuiste tú quien me despertó del sueño del muro?
Titubeó,
como si las palabras temieran salir desnudas de su boca,
y susurró:
—Eres un fantasma… solo un cuadro…
Sonrió,
una sonrisa que sabía lo que no se había dicho.
Se sentó frente a él,
y la penumbra se transformó en un escenario de luz y sombras.
Cada gesto suyo
temblaba en su pecho
como el primer aliento después de un llanto largo.
—Si me ves como un fantasma —dijo ella—,
¿por qué tiembla tu voz?
¿Por qué, cada vez que cierras los ojos,
camino en ti como luz que no se apaga?
Desvió la mirada,
escondiendo su debilidad en la sombra:
—Porque me recuerdas lo que es insoportable,
un fuego de belleza que no se puede tocar.
Se acercó,
su rostro cerca,
cerca como un sueño a punto de cumplirse,
la luz reflejándose sobre un agua quieta,
un agua que llenaba la habitación entera,
haciendo evidente que no venía de afuera,
sino de dentro de él.
—No… te recuerdo lo que olvidaste,
la mitad que dejaste en el cuadro,
cuando pensaste que solo la razón
podría salvar la belleza de consumirse.
Un silencio largo llenó la habitación,
se escuchaba su corazón,
el temblor de las sombras en las paredes,
el eco lejano de la ciudad.
La habitación misma se volvió un tercer cuerpo del diálogo.
—¿Quién eres? —susurró, voz rota,
como un espejo sangrando luz.
¿Eres un sueño,
o la sombra de una mujer que conocí en un tiempo que no fue mío?
Ella rió suavemente,
como la luz quebrándose sobre el agua,
y dijo:
—Soy lo que no temes ver en ti,
la luz que surge de tu sombra,
la mujer que se completa contigo,
pero no se ve.
Se levantó.
Caminó hacia el espejo
y la vio detrás de su reflejo.
Sus ojos: espejos dentro de espejos,
tragaban la penumbra y la devolvían en forma de luz.
El silencio resonaba,
un eco vivo que llenaba la habitación.
Desde atrás, su voz —cálida, cercana,
como si fuera su propio aliento regresando de un largo viaje—
susurró:
—Cada vez que te acercas a mí, me acerco más.
Y cada vez que temes, una parte de mí se disuelve en ti.
¿No vas a leerme esta noche?
Se volvió.
Ella sonreía,
sus rasgos disolviéndose en la luz,
como una idea tejida desde su propio corazón.
—Temo que desaparezcas si escribo sobre ti.
—Si me escribes, permaneceré.
Las palabras son mi otro cuerpo,
y cada letra que trazas me devuelve al ser.
Entonces se desvaneció,
como polvo de luz después de un crepúsculo tardío.
Pero su aroma quedó,
habitando el aire como una promesa aún no escrita.
Él se sentó frente a la mesa.
Tomó la pluma.
Las palabras temblaron entre sus dedos,
brillando no para ser escritas, sino para ser vistas.
Comenzó a escribir.
Las frases fluyeron desde la oscuridad,
como agua naciendo del corazón de la piedra,
formando una pintura viva
donde lo irreal y lo tangible se mezclaban,
donde la sombra encontraba al resplandor,
donde el miedo rozaba la nostalgia,
y la ausencia se volvía plenitud.
El viento regresó.
Rozó sus hojas,
susurrando nombres que él nunca había pronunciado.
Y la lámpara, vieja y cansada,
ardía como si comprendiera lo que él escribía.
Hasta que todo en la habitación —
el aire, la luz, el papel, las sombras, el silencio, la memoria—
se volvió un solo cuerpo de amor.
Late con el sueño,
devuelve a la oscuridad su sentido,
y le regresa su rostro perdido.

Sombra de la Decisión