Máscaras de la Mente Segunda parte

Máscaras de la Mente –
Segunda parte


Prólogo:
Entre lo que vemos y lo que ocultamos, la mente surge como un espejo que nunca revela todo lo que refleja.
El ser humano no nace con plena conciencia de sí mismo; la descubre entre pérdidas y preguntas.
El acto de confesar es el lenguaje que despoja a la conciencia de sus máscaras y la devuelve a su origen:
la asombro de un niño que contempla lo invisible y cree sin cuestionar.
En esta parte, la pregunta ya no es cómo pensamos, sino cómo creemos en lo que sabemos,
y cómo perdonamos a nuestra propia naturaleza cuando entendemos que la impotencia no es pecado, sino condición de creación.
Nada de lo que se escriba aquí es la biografía de un solo individuo;
son sombras de almas que pasaron por nosotros y dejaron huella en la memoria:
el niño que temió a su propia voz,
el joven que guardó silencio para sobrevivir,
el hombre que escribió para permanecer.
Todos se encuentran en estas páginas para levantar la última máscara de la mente
y confesar—no el error, sino la búsqueda.
Es la escritura que se convierte en camino hacia la fe,
y la fe que obliga a la mente a mirarse de nuevo en el espejo.
Confesión:
El clima estaba apenas frío en aquella mañana tardía de verano, y el padre se acercaba a su final.
El hombre caminaba despacio, cerca de su casa, por un estrecho paso peatonal entre un parque público y la carretera por donde circulaban los autobuses.
Los alrededores estaban casi vacíos, salvo algunas automóviles y autobuses que avanzaban lentamente con el despertar del día.
A poca distancia, una mujer de unos cuarenta años paseaba a su pequeño perro, hablándole con palabras fragmentadas, mientras un secreto sonoro se ocultaba en sus delicados auriculares.
El perro corría delante de ella, entusiasta, recorriendo la franja que separaba el parque del paso peatonal, alzando de vez en cuando la cabeza con alerta y olfateando la hierba húmeda, emitiendo ladridos suaves, casi susurros, cada vez que algo despertaba su curiosidad.
Cuando el hombre entró al parque, sacó de su bolsillo interior un trozo de tela acolchada con material aislante, lo extendió sobre el banco de madera y se sentó con calma.
No había pasado un instante cuando el pequeño perro se acercó, moviendo la cola y emitiendo suaves murmullos de cordialidad.
La mujer trató de atraerlo con voz baja y palabras conocidas entre ellos, pero él no prestó atención; siguió avanzando hasta alcanzar el espacio entre las piernas del hombre, y se sentó sin pedir permiso.
Entonces, el hombre sonrió mientras lo miraba, sin mostrar reproche alguno, como si hubiera hallado en su quietud algo que calmara sus propios abismos.
El perro, con sus ojos pequeños y brillantes, parecía mirar a su dueña y asentir con un leve gesto, diciendo silenciosamente:
—Me quedaré aquí un momento.
El hombre volvió la mirada hacia la mujer, que se acercaba para disculparse por el comportamiento del perro, y le sonrió con amabilidad, diciendo en un tono tranquilo:
—No hay problema, no hace falta disculparse.
El pequeño permaneció sentado entre sus piernas, apoyando la cabeza en la parte inferior de su pierna derecha, mirando el vacío con la serenidad de quien ha encontrado un refugio.
Pronto escuchó la voz de su dueña llamándolo, levantó ligeramente las orejas, pero volvió a posar la cabeza, ignorando la llamada.
Al no responder, la mujer se acercó de nuevo, pidió disculpas otra vez y solicitó tomarlo en brazos.
El hombre, con un gesto tranquilizador, le respondió:
—Su presencia no me molesta, puedes llevártelo como quieras.
Ella se inclinó para recogerlo, agradecida, le lanzó un rápido saludo y se marchó por su camino de regreso a casa, abrazando al pequeño.
Se perdieron en la profundidad del pasillo, y el perro aún giraba la mirada hacia el extraño, como despidiéndose de algo que no conocía, pero que había sentido.
El hombre sacó de su bolso un cuaderno viejo y un bolígrafo, hojeó algunas páginas y se detuvo ante una hoja en blanco.
Con mano mesurada, escribió lentamente:
—Qué adorable era este pequeño perro…
Contempló la frase por un instante, y puso un punto final, como si fuera un punto de silencio.
En ese mismo instante, recordó al gran perro negro que había surgido de detrás del velo del tiempo días atrás, sentándose frente a él como esperando una confesión postergada.
Traía consigo los ecos del pasado, representados en personas que venían a juzgarlo;
lo acusaban de torpeza o de necedad, y le asignaban nombres distintos, similares en sentido pero diferentes en peso, como máscaras de la mente que cambian de tamaño, color y forma, acercándose unas veces y distanciándose otras.
En medio de todo eso, se veía a sí mismo como quien observa un teatro donde todos se disfrazan, olvidando por un instante que él era el eje alrededor del cual giraban las miradas de los actores, y que en sus ojos era un espejo que reflejaba lo que temían ver en sí mismos.
Se preguntó, mientras recorría con la mirada la quietud del parque:
—¿Tendrán los acontecimientos presentes alguna conexión con lo ocurrido en el pasado?
¿Podría la existencia de dos perros, uno pequeño y otro grande, ser una señal oculta que apunta a algo aún incompleto?
¿Y estas señales estarán relacionadas con lo que sucederá después, o no son más que meras coincidencias jugando con la mente, como el engaño del tiempo?
Mientras se sumergía en estas preguntas, un hilo de recuerdos antiguos apareció ante él, como si el propio parque le devolviera fragmentos del pasado: risas de una infancia lejana, voces de familiares ya ausentes, rostros que pasaban rápidamente ante sus ojos, como si el tiempo proyectara su propia función de replay.
Ante él, la escena completa se desplegaba como un cuadro cuidadosamente pintado: los dos perros, el parque, los murmullos de la gente… todo se transformaba de pronto en un mosaico mayor, donde la libertad se entrelazaba con la vigilancia, la verdad con la ilusión, y la vida futura con lo ya vivido.
En un silencio prolongado, sintió que ese instante—detenerse con su cuaderno y el pequeño perro que reaparecía en su imaginación para quedarse a su lado—era la puerta que le devolvía la conciencia de sí mismo, marcando el comienzo de un viaje de relectura del pasado y de comprensión de lo que había ocurrido en las profundidades de su patria y de su mente a la vez.
Entonces reflexionó:
—Es propio del ser humano buscar siempre un motivo, un llamado a pensar… Yo, en cambio, he aprendido a recurrir a la escritura para recuperar la claridad de mi visión.
La escritura… ah, ese hábito que todavía me persigue, que me permite huir a dimensiones más profundas de lo que otros pueden tocar.
Se sentó a escribir, luego se detuvo un momento, como susurrándose entre las líneas:
—Qué adorable era este pequeño perro…
Levantó la vista del papel y percibió una sombra que emergía desde las profundidades de la memoria: un gran perro negro que apareció ante él días atrás, sentado frente a él, no solo como un animal, sino portando los rasgos del pasado, en forma de personas que lo atacaban con calificativos: torpe, necio, lento… Palabras que cambiaban de forma pero coincidían en la herida que dejaban, como máscaras distintas de un mismo rostro.
Se preguntó:
—¿Será que lo ocurrido hoy es una extensión de lo pasado?
¿Habrá un significado oculto en encontrarme con dos perros, uno pequeño y dócil, y el otro enorme y negro?
¿O son simplemente coincidencias pasajeras, nada más?
Asintió ligeramente, luego escribió de nuevo:
—La escritura… solo la escritura me devuelve la claridad de visión. Es mi hábito antiguo, mi refugio desde el cual persigo los fantasmas del tiempo y escapo a profundidades que otros no ven.
Pero…
¿Qué escribir ahora?
¿Por qué escribo?
¿Para quién escribo?
¿Anoto mis confesiones para defenderme, para desmentir las acusaciones que alguna vez todos lanzaron sobre mí?
Estas preguntas, y muchas más, se adelantaron a ocupar el centro de su pensamiento, reclamando su atención seria, honesta y transparente.
Como si la escritura lo empujara al aislamiento, lo acompañara en su soledad, comenzó a repasar más de sesenta años de conciencia y experiencia: eventos repetidos por razones semejantes, y otros únicos, con un sello particular. Algunos felices, otros dolorosos, todos superados con paciencia, tolerancia y largo silencio.
Pero…
¿Cómo podría trasladarlo todo?
¿Cómo dar vida a estos recuerdos en imágenes que vuelvan a latir?
¿Sería capaz de devolver el tiempo atrás para traer a las personas que moldearon su memoria?
¿Cuántos se habían ido, cuántos se habían olvidado, y cuántos eran ahora tan lejanos que ni hablaban ni se veían?
Se sentó frente a las hojas, como si las letras ya no bastaran para interpretar el peso que oprimía su pecho. Permaneció largo tiempo detenido en una idea que lo perseguía desde que empezó a cuestionar la utilidad de la escritura:
—¿Puede la mente abarcar aquello que supera su alcance? ¿Es posible sostener lo invisible en lo que se le pide creer?
Bajó la cabeza y se respondió en un susurro:
—La mente solo puede reconocer sus límites. Frente a lo invisible se encuentra como un niño en la orilla del mar: toca la espuma, escucha el rugido de las olas, pero no comprende la profundidad ni la extensión del océano. Lo invisible es más grande que la percepción, más lejano que los sentidos, más vasto que lo que alcanzan la palabra y la imaginación. Creer en ello no es señal de debilidad, sino certeza de que la verdad no se resume en lo que mis ojos pueden ver.
Levantó nuevamente el bolígrafo y escribió despacio:
—Creo en lo invisible… porque lo invisible forma mi humanidad, la protege del orgullo y abre la puerta a la esperanza de que tras este mundo tangible existe otro más amplio de lo que ahora percibimos.
Apoyó la cabeza en el respaldo de la silla, sintiendo que daba un paso hacia un reconocimiento más profundo: uno que no se limita al pasado, sino que abarca el presente y aquello que permanecerá fuera de su alcance hasta encontrarse cara a cara con él.
Volvió a escribir:
—A menudo me ha parecido que escribir es un acto de fe en lo invisible. Coloco las letras sin saber adónde me conducirán, muevo la pluma sin conocer el destino de las líneas. Es un testimonio de que creo en lo que aún no he visto, y de que un secreto se forma dentro del papel, esperando ser revelado.
—Cuando estuve en la prisión, solo podía apoyarme en lo invisible; no veía el final del camino ni sabía si saldría o permanecería entre los muros. La mente buscaba explicaciones, cálculos de destino, pero el corazón creyó en lo invisible; esa fe era como una pequeña lámpara que disipaba la oscuridad del miedo y me daba certeza de que la vida tenía un rostro aún no revelado.
Todo acto de confesión es, en esencia, detenerse ante lo invisible; no sé cómo lo recibirán los ojos ajenos, ni cómo se interpretarán mis palabras tras abandonarme. Lo que escribo no es solo para mí, pero dejará de ser mío al plasmarlo en el papel; entonces, tal vez, parecerá invisible ante los demás, quienes lo interpretarán a su manera, juzgando al autor como quieran.
Por eso escribo ahora, con la sensación de que cada palabra queda depositada en un cofre de lo invisible, para ser abierto en un tiempo y por manos que no conozco, dejando que cada quien comprenda lo que desee y describa al autor como quiera. Ya no me importa, mientras haya vaciado mi conciencia tal como es en estas hojas.
Cuántas veces se sentó ante su modesto escritorio, tras preparar hojas y bolígrafo, intentando escribir, y las ideas parecían atrapadas en un conflicto: discutían detalles entre sí, debatían partes de otras. Los días, con sus acontecimientos, rostros y personajes secundarios o importantes, desde que despertó a la conciencia hasta hoy, lo asustaban o le impedían revelar plenamente lo que había vivido.
Cuántas veces se halló fanático a los ojos de quienes veían la apertura como vicio y necedad, y abierto ante quienes consideraban la obediencia a las enseñanzas de la naturaleza indulgente como un signo de fanatismo.
El hombre se sentó en su desvencijada silla, con la pluma en la mano y la hoja en blanco ante él, esperando que sus palabras dijeran lo que no podía pronunciar en voz alta.
De pronto, apareció en su mente la imagen del gran perro negro, aquel que emergió días atrás de entre los pliegues del tiempo, y se quedó sentado frente a él, silencioso, como portador de un mensaje del pasado.
Una voz interior lo interrogó:
—¿Es solo un perro? ¿O es la encarnación de todos los que me lanzaron burlas, cobardía y desprecio, nombres que cambiaron de forma pero conservan el mismo sentido?
Entonces, la voz de su niño interior irrumpió:
—Recuerda, pequeño yo… ¿Cómo temías a todo? ¿Cómo creías en todo lo que veían tus ojos?
Apareció también su amigo Hassan, de los días de la escuela, con una voz que parecía venir de un tiempo lejano:
—¿Dónde estabas cuando todos se burlaban de ti? ¿Crees que has cambiado, o sigues buscando reconocimiento, impotente ante ellos?
La voz de su madre, tierna y triste, se elevó entre las líneas:
—Siempre buscaste tu esencia, hijo… en los libros, en las palabras, en los rostros; incluso en los de los pequeños animales… Dime ahora, ¿has encontrado lo que buscabas?
El hombre susurró para sí mismo:
—La escritura… solo la escritura devuelve claridad a mi visión… pero, ¿qué escribir ahora? ¿Por qué? ¿Para quién?
Intervino un viejo amigo del trabajo, distante ahora, desde el silencio de su mente:
—No busques razones… escribe para conocerte, para enfrentar a quien fuiste y a quienes quedaron atrás o se alejaron de ti…
La voz del interrogador, un oficial de seguridad, resonó en su mente, imaginaria pero feroz:
—¿Cuántas veces intentaste defenderte? ¿Cuántas quisiste demostrar que no eras aquel que ellos dijeron que eras? ¿No recurriste a la evasión, a la mentira? ¿No fue por miedo a nuestros verdugos? ¿O por temor a ser sincero y revelar las verdades que ocultas?
Su propio reflejo se adelantó, desde los sótanos del recuerdo, pequeño y grande a la vez, chocando con su silencio, hablándole con voz grave y real:
—Todo reconocimiento es un umbral hacia lo desconocido… Cada palabra que escribas, verdadera o inventada, dejará de ser tuya una vez caiga en manos de los demás. Se transformará, volará, y quien la lea dará su propia interpretación, describiendo al autor como quiera, convirtiendo la verdad que posees en un mundo paralelo, inabarcable por el tiempo.
Volvió la voz de Hassan, serena, como quien lanza una antigua sabiduría desde la distancia temporal:
—No busques respuestas definitivas… escribe para comprenderte, para encontrarte con todos nuestros rostros, los que se fueron y los que permanecen. En cada línea verás el eco de pasos pasados que se acumularon, y un espíritu que sigue caminando contigo, recordándote que escribir no son solo líneas, sino un espejo de la memoria y un camino hacia tu conciencia.
El gran perro negro apareció de nuevo, pero esta vez como un guía silencioso, llevando su calma como sombra que observa y orienta:
—Lo desconocido es más grande que lo que percibimos… creer en ello no es debilidad, sino la certeza de que la verdad es más vasta de lo que los ojos pueden ver…
El hombre cerró los ojos y recostó la cabeza en el respaldo de la silla, como si susurrara a sí mismo y al mismo tiempo al universo:
—Creo en lo desconocido… porque preserva mi humanidad del orgullo… y lo que escribo no es más que un depósito que dejo en el cofre del tiempo, para abrirse cuando llegue el momento.
Entonces apareció el pequeño perro, dulce y amigable, recordándole los días de juego en el jardín, recordándole la sencillez de la alegría y la dulzura del instante.
—Incluso la sencillez deja huella… ¿recuerdas la felicidad, amigo mío?
En su mente surgieron sus padres, hermanos, amigos de la infancia, colegas, jefes: todos en un pequeño círculo a su alrededor, sombras de lo que fue y de lo que será.
—Cada uno de nosotros fue parte de ti… cada palabra, cada gesto, cada confesión… cada eco que habita en tu conciencia y te forma, aunque no lo percibieras en su momento.
Su voz interior, profunda, resonó:
—Todos estos rostros, todas estas voces, son el jardín en el que habito… pasado, presente, futuro… Escribir es la única manera de hablar con todos a la vez, de vivir con ellos, de comprenderme y enfrentar lo desconocido.
Se sentó largo rato, la pluma deslizándose entre sus dedos, la hoja captando cada susurro, cada imagen, cada eco de su jardín interior, donde todos le hablan en silencio: infancia, amigos, familia, colegas, oficiales, perros… todos formando el mapa de su vida, dibujándolo con silencio y sabiduría, recordándole cada alegría y cada pena.
La escritura se convirtió en su embarcación a través del tiempo, siempre regresando al punto de partida, al diálogo consigo mismo y con el mundo.
Sí, algunos lo veían complicado, otros libre. Tenía que mostrarse débil ante unos, fuerte ante otros; ignorante en un lugar, aprendiz en otro; derrotado aquí, vencedor allá. Todo eso se reunía en un instante, en una vida larga, no para complacerse, sino para mantenerse a salvo de daño, engaño e injusticia.
Cuántas veces tuvo que dominar el papel del ingenuo, del distraído, del despreocupado, del juguetón, para parecer débil y sin recursos ante los demás… esas máscaras pesadas que llevaba solo para sobrevivir y preservar su espíritu.
Su padre comprendía mejor que nadie lo que sufría, con ternura y compasión en medio de los ciclos repetidos. Por eso dejó abiertas todas las puertas, creando un espacio donde el hijo podía moverse y explorar libremente. Sin reproches, sin órdenes, sin restricciones… una libertad silenciosa que fortalecía su espíritu, moldeaba su interior y le permitía caminar entre la turbulencia y la calma con plena conciencia de sí mismo.
Esa libertad le dio valor para enfrentar sus miedos, reconocer sus errores, reconciliarse con su yo pasado y con su niño interior que aún habitaba en él. Aprendió que equivocarse no es una derrota, sino la llave para comprenderse y comprender a los demás, para construir conciencia y entendimiento más profundo. Así, cada situación, cada recuerdo, actuaba como un ventilador que ordenaba su interior, reuniéndolo con él mismo y con los rostros del mundo que había habitado.
Regresó de prisa a su escritorio y dejó que la pluma fluyera con libertad; las ideas se deslizaron sobre el papel como un río profundo y tranquilo:
“Hasta 1973, había leído mucho de escritores árabes y rusos, y de otros rincones del mundo; entre ellos, los alemanes: Goethe, Thomas Mann, Kafka, Bertolt Brecht, Remarque; de Inglaterra: Shakespeare, George Orwell, Dickens, Jane Austen, Virginia Woolf, William Blake, Tolkien, Agatha Christie.
Todos esos nombres brillaban en mi memoria como estrellas que iluminaban el camino de un lector joven, buscando un punto de luz en un mundo oscuro, un pequeño resplandor que revelara rincones ocultos del tiempo y la existencia.
Pero la novela 1984 de George Orwell dejó una huella profunda en mi conciencia. Me detuve largo rato ante sus frases que parecían un equivalente narrativo de toda falsedad oculta bajo el disfraz de la verdad:
—La guerra es la paz.
—La libertad es la esclavitud.
—La ignorancia es la fuerza.
Y lo que más me sorprendió fue aquella sentencia repetida bajo un rostro gigantesco que vigilaba a todos los transeúntes:
—El Gran Hermano te observa.
—El Gran Hermano te observa.
—El Gran Hermano te observa…
En esos días no me importaba demasiado el significado oculto de las palabras de Orwell; lo leía como quien observa una fantasía alejada del rigor y del dolor de la vida. Sin embargo, cada vez que aceptaba una de sus frases, sentía que comprendía, con los años, que el sentido era vivo y cambiante, más profundo y vasto que todo lo aparente.
Pero después de salir del “calabozo mental” en 1974, entendí lo que significaba estar vigilado las veinticuatro horas. Ya no como metáfora literaria, sino como realidad que habitaba en mí, observándome desde el rabillo del ojo. En aquel mundo cerrado, el Gran Hermano no era un rostro ni un dibujo en la pared: era una voz dentro de ti, regulando los límites del miedo y la magnitud del silencio.
¡Cuánto lo sabía! En lo profundo, entendía que jamás podría vivir como un hombre debe vivir. No me atrevía a despertar el latido humano dentro de mí; posponía mi vida como quien teme a su propia luz, adormecía mis sueños como quien cría en el pecho un nudo que ni crece ni muere.
Y, sin embargo, la escritura —como un espíritu sensible guiado por un camino lleno de preguntas— me llevó a un enfrentamiento silencioso con las contradicciones de la política de aquel país. Me encontré escribiendo para entender, y luego guardando silencio para no quebrarme. La pluma me arrastraba hacia lo prohibido, y las palabras me escribían antes de que yo las escribiera.
Cada intento de fuga me devolvía, sin conciencia, al punto del dolor inicial: aquel lugar donde escritura y destino se unían, y la confesión se volvía tan necesaria como respirar.”
Continuó:
“En los pocos años que pasé fuera de lo que llamaban ‘mi patria’, empecé a percibir el verdadero significado del atraso político: cuando en tu país te obligan a enorgullecerte de lo que el mundo civilizado ve como atraso y regresión, y te convences —aunque a la fuerza— de lo que te enseñan, hasta que esa ilusión se convierte en tu única medalla posible, y la llevas sobre tu pecho como testimonio de tu pertenencia; no como una vergüenza escondida en lo profundo, sino como un tesoro supuestamente digno de exhibirse.”
Ese atraso no se proclamaba abiertamente; se implantaba en las mentes como satisfacción y orgullo falsos, hasta que la ilusión se volvía realidad y lo no dicho se convertía en la propia patria.
Aprendimos a repetir consignas que venerábamos y a consumirnos en ellas, a describir el vacío del alma como firmeza en el principio, y los lazos del miedo como fidelidad, hasta que ya no sabíamos dónde terminaba la verdad de la existencia y empezaba la ilusión del atraso, y si lo portábamos nosotros o si nos portaba a nosotros.
Como en los libros que leí, aquí comprendí cómo la patria se moldeaba a medida de los discursos y lenguas, y cómo se medía la fe por la capacidad de ocultar el dolor y el silencio. Aprendí que las mayores derrotas no se encuentran en guerras o conflictos, sino en los significados que nos obligaban a aceptar, en las cadenas que nos forzaban a reducir nuestra luz y ocultar nuestros sueños.
En ese silencio comprendí que el miedo y la humillación no se fijan sólo en los muros o la tiranía, sino en el interior del hombre, donde se oculta la esperanza y se debilita el espíritu. Cada paso hacia la verdad se enfrenta a un poder manifiesto o secreto, y cada palabra que escribimos es un movimiento en un espacio atravesado por el silencio, la sombra y los latidos de la memoria.
Entendí que la patria, en su significado más profundo, no es sólo límites ni líneas en un mapa, sino una imaginación que controla cada respiro y espera, tejida en nuestros corazones por hilos finos que descubrimos cada día en los detalles de nuestra vida.
Sé ahora que si hubiera abandonado mi escritura, mis sueños habrían permanecido presos en mi pecho, mi espíritu habría naufragado en un refugio invisible, y cada eco de esperanza se habría perdido en la oscuridad.
Por eso muevo mi pluma con libertad, dejando que las hojas digan lo que el silencio teme, y revelen lo que merece ser visto: que mi escritura sea espejo del alma, eco de lo invisible, y paso hacia mi libertad.
Sí, algunos me veían complejo, otros liberado; entre estas miradas encontré mi fragmentación, como un cuerpo que porta muchos rostros, cada uno proyectando su propia imagen sobre mí.
En unos ojos parezco débil, en otros fuerte; aquí retrasado, allá aprendiz; aquí vencido, allá vencedor… Todas estas imágenes luchaban dentro de mí, colisionando hasta que perdí claridad sobre cuál era el “yo” verdadero.
A lo largo de una vida larga, viví no para complacerme, sino para mantenerme a salvo del daño ajeno, equilibrando mis pasos entre la astucia y la injusticia que se filtraba desde todos los lados, aprendiendo a ocultar mis debilidades y mostrar lo que no sentía.
Fui testigo de lo que ocurrió a dos, o más, de mis amigos y compañeros durante la secundaria tras 1974, aquellos que se distinguían por su valentía, quienes, pese a su inocencia y rectitud, enfrentaron acusaciones que habrían destruido su vida y cambiado el destino de sus familias para siempre. Nadie de ellos regresó a casa hasta hoy, y sus familias jamás supieron su paradero.
Eran compañeros de banco, amigos de la adolescencia, testigos juntos de alegrías y preocupaciones. Incluso uno de ellos, confiado en su inocencia y rectitud, se presentó voluntariamente ante la autoridad que había preguntado por él y sus padres, creyendo que la verdad lo salvaría, sin comprender la crudeza de los colmillos del poder, la dureza de quienes lo administraban, un poder que no conoce la compasión ni reconoce la pureza de un corazón limpio.
Cuánto fingía tranquilidad, mientras escondía entre mis costillas gritos de miedo y el eco de una cautela que no dormía. Cada noche se me aparecía como un cúmulo de oscuridad, envolviéndome en silencio y soledad, y cargaba en el pecho sueños indomables y rostros que ocultaba al mundo, como si aquella oscuridad se preparara para devorar mi alegría y mi silencio.
Cada respiración guardaba un secreto, cada sensación vigilaba los latidos del miedo en mi corazón. Sabía bien que la tranquilidad que mostraba era apenas una frágil cadena de engaños, y que cada risa o palabra que escapaba al mundo exterior escondía tras de sí una tormenta de preocupaciones y temores.
En cada noche, la sombra teñía mi silencio con matices de desamparo y vigilancia; llevaba en mis costillas un historial de miedo, y convertía mis sueños en refugio para mi corazón, escuchado únicamente por mí y por la oscuridad. Entre todo esto, comprendí que la vida no es solo un lugar para soñar, sino un camino que se abre a la paciencia y al ingenio para esquivar el daño, hacia una luz oculta que se esconde en lo profundo de mí.
Cuán grande era el número de amigos y compañeros de estudio a quienes sus familias obligaron a alejarse, no solo de sus casas, sino del país entero, de repente, como si el viento los hubiera llevado lejos del lugar que amaban, sin planificación, en una noche oscura sin estrellas, donde solo se guía el corazón temeroso. Cada uno de ellos cargaba un grito apagado de inocencia no protegida, una lágrima no escuchada y sueños extraviados entre los muros de una patria que ya no podía abrazarlos.
En el silencio de aquellas noches, donde las sombras vigilaban cada paso, sentí un dolor profundo en mi pecho; ¡cuán vacío de compasión estaba el país cuando nos separaba! Y cuán impotente era la inocencia frente al poder de la ausencia repentina, y ante decisiones sobre las que nadie fue consultado. Cada uno de ellos se convirtió en parte de la memoria desgarrada de la patria, señal del miedo que rodea los corazones puros y del rastro que la ausencia proyecta sobre cualquier intento de vida normal.
Aun así, sus imágenes permanecieron vivas en mi memoria: sus risas, sus pequeños sueños, sus movimientos en los pupitres, y cómo cada alegría y libertad se condensaba en un instante antes de serles arrebatado, como si el tiempo mismo quisiera ponerlos a prueba antes de desaparecer de la vista y esconderse tras los portales del exilio forzado.
Era como si la vida, al final, me invitara a un gran escenario, amplio y bañado de luces y sombras, donde cada máscara se sucedía como las olas del viento sobre el mar. Cada máscara llevaba un rostro distinto, un sonido secreto y una historia oculta que debía manejar con cuidado y sabiduría.
Frente a cada persona, representaba un rostro distinto; cada máscara ocultaba mi verdad, protegía mi rostro que temía mostrarse, resguardando a mi familia y a mí de miradas, de palabras y del rencor del tiempo. Cada máscara, mientras escondía y protegía, me alejaba pasos más allá de mi verdadero yo, como si mi alma se fracturara en silencio, siguiendo su débil luz en las sombras, intentando construir un puente que la devolviera a ese yo sincero y recto que teme depender únicamente de sí mismo en su soledad.
Cada máscara ocultaba un mundo silencioso, y cada rostro escondido en la sombra me recordaba que mi vida no me pertenecía; era un espejo para quienes me observaban. Cada paso que daba ante los demás no era solo una decisión, sino una historia que tejía con mi miedo y mi esperanza, y cada máscara era un eco del silencio que llevaba dentro.
Al principio creía ser el único que se escondía tras un rostro falso entre la multitud, ya fuera en los grupos de estudio o de trabajo. Pero pronto descubrí que, cuando alguien confiaba en mí, algunas de sus propias máscaras caían, revelando rostros semejantes al mío: respiraban miedo, fingían calma.
No todas las máscaras caían. Algunas ocultaban un miedo noble, otras acechaban, listas para herirte. Algunas sonreían y escondían colmillos, otras lloraban mientras guardaban un puñal en el pecho. Caminábamos todos juntos en un gran escenario, mostrando las caras que nos salvaban y ocultando las que nos delataban. Al final, la verdad misma se volvió la máscara más peligrosa.
Con cada paso, sentía cómo la máscara que llevaba para ocultar mi rostro verdadero me asfixiaba lentamente. Mis máscaras no solo me protegían; clavaban sus espinas en mi pecho, recordándome que mi yo auténtico era extraño incluso entre amigos, familia y mi propio mundo.
Aprendí que mis máscaras no solo escondían mi miedo, sino que me lo revelaban en silencio: soy extraño incluso para mí mismo, perdido entre sombra y rostro, deseando salir, mientras mi verdadera identidad se oculta entre cada máscara que llevo. Los días se convirtieron en teatros, las noches en rutas de silencio, y cada risa, cada palabra que los demás veían, era una máscara que ocultaba mi rostro y revelaba mi tristeza.
En todo esto, necesitaba escribir, en soledad, para confrontar mi silencio, escuchar mi corazón cuando nadie más lo escuchaba. Entre cada máscara sentía un ojo misterioso que me vigilaba sin dormir; cada palabra, cada gesto era evaluado, registrado en un libro invisible.
A veces escuchaba su voz: la de mi hermano mayor, que se colaba entre muros y máscaras, delimitando mis límites, recordándome que ningún paso lo daba solo. Sin embargo, la vigilancia, las máscaras y los gritos del silencio que escondía no me robaban la capacidad de resistir. Escribir se convirtió en mi refugio, mi altar, parte de mi sangre y mi aliento, un lugar mágico donde resistía la injusticia, escuchaba mi eco y veía los rostros de amigos, familia, de quienes se fueron y de quienes quedaron.
De esta manera, hablaba con el mundo, me entendía a mí mismo, enfrentaba lo desconocido y comprendía que la verdad no se mide por las miradas ni las voces, sino por lo que llevo dentro y por lo que me esfuerzo en proteger, incluso de mis propias máscaras.
Cada amigo, cada compañero que veía mi rostro —o creía verlo— me devolvía recuerdos de infancia: dolores y alegrías, o un alma perdida en la extranjería del país. Cada ignorancia, cada sonrisa engañosa, cada palabra sincera me recordaba que la vida no se mide por la vigilancia ni por las máscaras, sino por el silencio que combates y por la voz que escuchas en tu corazón.
Así, la escritura se convirtió en un espejo de mí mismo: de mi cuerpo, de mi espíritu. Un escenario donde hablo con amigos, familia, con el país y con las máscaras; donde abrazo lo no dicho y doy voz a los sueños perdidos.
En la distancia, sentía que no solo había dejado mi patria, sino que la patria misma había abandonado al hombre que llevaba dentro. Observaba que el atraso político, social y cultural no era un accidente, sino un sistema invisible que se alimentaba de sí mismo: los rostros se parecían, las voces se volvían ecos, y las mentes seguían caminos predeterminados, como semillas plantadas para dar el fruto que se esperaba de ellas.
En ese silencio, comprendí que escribir no era solo huir de la realidad, sino desarmar el sistema oculto dentro de mí, demostrar que la libertad, incluso en la lejanía, solo existe cuando forjas tu propia voz y enfrentas los grilletes que pesan sobre los rostros y acallan las mentes.
Al escribir, creaba un pequeño vacío entre cada verdad impuesta y una verdad auténtica. Allí, mi alma podía respirar y empezar a comprender lo que parecía imposible de entender en aquel país. Cada noche, frente a papel y pluma, encontraba una ventana diminuta al mundo: permitía que las ideas se filtraran, que los recuerdos respiraran, que la libertad se ausentara y regresara al mismo tiempo. Cada palabra me recordaba que no escribía solo para el tiempo, sino para mí mismo, para despertar el eco interior y recordarme que sigo siendo humano, capaz de comprender y enfrentar.
Entre los límites de la lejanía y la memoria del país, entendí que la patria no es solo geografía ni poder impuesto, sino el pulso de cada individuo cuando permanece fiel a sí mismo y lleva su libertad en las palabras. Cuanto más se expandían las voces en el silencio de la distancia, sentía que no cargaba solo ese silencio: las almas de mis amigos, lo que dejó el país en mi memoria, los sueños ocultos y la imaginación de la libertad se movían conmigo, formando un círculo que oscilaba entre pasado, presente y futuro.
En esa vorágine, la pluma delimitaba con delicadeza la realidad, silenciaba los gritos que nadie escuchaba y creaba en cada línea un pequeño puente entre lo invisible y lo tangible. Después de largo silencio, llegaba a una única conclusión: estaba vivo, y la libertad se experimenta cada vez que escribo, cada vez que mi silencio se abre a las palabras, cada vez que redescubro los rostros de la patria y de la lejanía dentro de mí.
Comprendí entonces que el exilio más difícil no es abandonar tu país, sino sentir que tu país te ha abandonado a ti; hablar un idioma que no es tuyo, ver con unos ojos implantados en ti, hasta que te vuelves extraño incluso para ti mismo antes de estar lejos de tu tierra.
¿Dónde hallar refugio de una patria que amas y duele, que te pertenece y te asfixia, y que cuando intentas salvarla parece acusar a tu corazón de traición?
Veía su patria transformarse rápidamente, volviéndose en contra de todo pensamiento que intentara darle sentido a la vida, convirtiéndose en silencio represor que aplastaba cualquier novedad que desafíe lo que las mentes habían acostumbrado o lo que los que controlaban el destino político habían dictado.
Gradualmente, el amor y la pertenencia se volvieron heridas que no cicatrizaban, como si castigaran a quien se atreve a ser sincero. Y en secreto se decía:
—Quizá nuestro mayor error sea insistir en amar la patria como la imaginamos, no como es, olvidando que a veces nos pide salvarla de sí misma antes de salvarnos de ella.
En un rincón oscuro de su memoria resonaba la voz de su viejo amigo Hassan, siempre sarcástico, como sombra que perfora el silencio del pensamiento:
—¿Sabes? El verdadero peligro no está en las historias que leíste, sino en quien te observa tras la cortina.
Esa burla se desvaneció cuando apareció la imagen de su madre, sonriendo como lo hacía cuando él era un niño torpe, con un tono cálido que llevaba la promesa de un nuevo día:
—Sí, hijo… después de salir del “calabozo de la mente” en 1974, entendiste lo que significa vivir bajo vigilancia, no como un concepto literario, sino como conciencia permanente que penetra hasta lo más profundo de ti y se vuelve parte de tu pulso.
Él respondió, como devolviendo un eco a su propio pensamiento:
—Nunca pude vivir como un ser humano debería… nunca me atreví a despertar el latido humano dentro de mí.
Aun así, la escritura era su camino, la confrontación inevitable: enfrentarse a las contradicciones de la política, a los valores invertidos, a las falsas pretensiones que adornaban lo feo con máscaras de patriotismo y slogans apagados.
Un antiguo compañero surgió entonces en su mente, sarcástico pero real, saliendo de los pliegues de la memoria para enfrentarlo con la amarga verdad:
—¿Descubriste ya el secreto del atraso político? Que obligan al hombre a enorgullecerse de lo que el mundo “civilizado” considera retrógrado, y que le enseñan que eso es su único mérito posible, llevándolo en el pecho como una herida para no ser acusado de traición o de usar demasiado su mente.
Sonrió para sí mismo y murmuró, como hablando a todos los que compartieron esa experiencia:
—Sí, ese es el desafío… vivir entre quienes te imponen silencio, y aun así seguir viendo detrás de las máscaras, detrás de las palabras, detrás de las tradiciones falsas.
El tiempo pareció detenerse en su estudio, mientras todas las voces —infancia, amigos, familia, compañeros, oficiales, incluso los perros grandes y pequeños— le hablaban en silencio. Cada personalidad, cada experiencia, cada conciencia política enfrentada se convirtió en parte de su jardín interior, donde la escritura era la única vía de diálogo, comprensión y supervivencia de su humanidad en medio del torbellino de la historia, la vida y la política.
Se sentó solo, rodeado de viejos libros sobre estanterías desgastadas, frente a hojas dispersas con trazos densos y palabras entrelazadas. Recordó su viaje a través de los libros de la historia árabe, desde la época preislámica hasta la contemporánea, cada página una puerta hacia innumerables encrucijadas.
El hombre murmuró para sí:
—¿Cómo pudieron mostrar a los conquistadores como pacíficos, mientras llenaban las páginas de la historia con la sangre de los inocentes?
Apareció en su mente la sombra del califa, alzando la bandera de la religión:
—Todo lo que hicimos fue en defensa de la fe… no por el poder ni por conservar nuestras ganancias, sino para mantener el sistema.
Una voz de oficial antiguo surgió de entre las líneas de la historia, firme y cautelosa, como un susurro en el oído del presente:
—¿Libertad? Esa es una carga para el gobernante, cadenas para la ambición, un obstáculo para la política… Nosotros, los oficiales, somos quienes hacemos la historia, no los califas ni los gobernantes; la historia no se construye con la libertad de todos.
Ese eco resonaba en la mente del narrador como un tiempo remoto, y quien primero encarnó su sentido fue Al-Hajjaj ibn Yusuf al-Thaqafi, la voz de la espada en el Estado Omeya, la sombra del miedo que precedía a cada soberano.
El pueblo lo veía como un gobernador implacable; él se veía como guardián del Estado y garante de su continuidad. Creía que la dureza era el escudo de las naciones y que la libertad era la semilla de la sedición.
Al subir al púlpito de Kufa por primera vez, los corazones temblaron bajo su voz ardiente:
—¡Veo cabezas maduras, listas para ser cortadas, y soy su dueño!
Esas palabras proclamaban una nueva era: gobernar con terror, no con consulta; con sangre, no con razón. Al-Hajjaj consideraba que la opinión libre debilitaba la autoridad, y por ello persiguió a opositores, ascetas y lectores atrevidos, viéndolos como amenazas al sistema, no como reformadores.
Con voz firme, sin titubeos, decía:
—¡Juro que os disciplinaré de manera que nunca olvidaréis, y os guiaré al camino incluso con hierro!
Para él, el diálogo era debilidad, la persuasión lujo; la coacción era la única vía hacia la obediencia y el mantenimiento del orden. A veces hablaba como si el destino hablara a través de él:
—Soy la espada y el látigo de Dios en su tierra, lo envío sobre quien quiera.
No se veía como un hombre de Estado, sino como un instrumento de castigo, movido por la autoridad en nombre de Dios, golpeando sin misericordia.
Cuando alguien le decía: «¡Teme a Dios!», respondía con la dureza de quien no retrocede:
—¡Quien me diga que tema a Dios, le cortaré el cuello!
Con esa frase, estableció su doctrina: el consejo es delito, la obediencia es ley.
Al dirigirse al pueblo de Irak, comenzó con un grito resonante en la historia:
—¡Pueblo de Irak, pueblo de discordia, hipocresía y malas costumbres!
No buscaba convencer sus corazones, sino aterrorizar sus almas con la amenaza.
Mientras reorganizaba los diwanes y el ejército en Irak, sembraba el miedo en las almas hasta que la gente contaba, con amarga admiración:
—Irak no conoció la paz hasta que lo aterroricé con la espada, no cuando lo discutí con argumentos.
Así era Al-Hajjaj: un gobernante que veía en la libertad un peligro para la estabilidad y en la severidad la salvación frente al caos. Encarnaba la frase de aquel antiguo oficial que susurraba entre las sombras de la historia:
—¿Libertad? Una carga para el gobernante, cadenas para la ambición, un obstáculo para la historia.
Sus actos quedaron grabados en las páginas de la historia con tinta de terror y respeto. Sofocó la rebelión de Abd Allah ibn al-Zubayr en La Meca, sitiando la Kaaba con catapultas, indiferente a la santidad del lugar, porque para él el gobierno era más sagrado que cualquier templo, y la autoridad más alta que todo valor religioso o humano.
Decía, con lógica que helaba el alma:
—La libertad política es más peligrosa que la revuelta armada, porque seduce a la gente con el sueño de la igualdad y amenaza la autoridad del príncipe.
Perseguía a lectores y ascetas que osaban criticar a los Omeyas, como Sa‘id ibn Jubayr, a quien ejecutó tras un célebre debate, considerándolo un peligro para el sistema más que un instigador de sedición. Hablaba de ellos como si purgara la tierra de impurezas, con severidad que no conocía duda:
—El orden no se mantiene si no se corta la cabeza del rebelde antes de que hable.
Reorganizó el sistema administrativo y financiero de Irak con mano firme; ordenó al ejército y exigió obediencia absoluta, convencido de que el orden no se construye con diálogo, sino con bocas amordazadas.
Se jactaba ante sus allegados:
—Irak no conoció la paz hasta que lo aterroricé con la espada, no cuando lo discutí con argumentos.
Así, Al-Hajjaj ibn Yusuf se convirtió en un hombre que veía en la obediencia la salvación, en el miedo el orden y en la libertad el primer peldaño hacia el caos.
En tiempos en que la palabra sucumbía bajo los cascos de los caballos y la espada se elevaba al nivel de la ley, nació el Estado de los mamelucos, del hierro y del fuego. El poder no nacía de la voluntad del pueblo, sino que se arrancaba del filo de la espada. El gobernante solo se mantenía en el trono mientras contara con la lealtad de los grandes líderes; si cedía o flaqueaba, las mismas espadas que lo habían elevado ayer lo derribaban.
Creían que el Estado se construía con fuerza, no con amor, y que la estabilidad se aseguraba con miedo, no con libertad. Los mamelucos desconocían la herencia del poder y la autoridad del pueblo en la elección; los tronos no se heredaban, se tomaban. El nuevo soberano no era elegido por juramento ni consentimiento, sino impuesto por una élite militar estricta que manejaba la historia desde detrás de los telones, como si una voz invisible susurrara desde las sombras del palacio:
—Nosotros hacemos a los reyes y gobernamos desde detrás del trono.
Cuando las ciudades ardían en conflictos o se alzaban voces clamando justicia, la respuesta de los mamelucos era siempre la misma: hierro y fuego.
La libertad, en su lógica, no era una virtud que honrar, sino un caos que amenazaba el orden militar. Cuántos movimientos populares fueron aplastados bajo el pretexto de “proteger la seguridad” y cuántas voces sinceras silenciadas en nombre del “prestigio”.
Establecieron un sistema de clases rígido que los colocaba por encima de toda la sociedad; ningún plebeyo podía ascender a sus filas ni participar en la toma de decisiones. La libertad política, a sus ojos, era un lujo que debilitaba la disciplina, no un derecho que valorar.
Los mamelucos no dejaron discursos resonantes como los de Al-Hajjaj, pero su conducta colectiva era un sermón permanente en silencio, cuyo lema no pronunciaban:
—Protegemos al sultán… y creamos a los reyes.
Una frase que condensaba su filosofía de gobierno: el poder es la fuente de la legitimidad, y la espada habla más que la palabra.
Se cuenta que algunos de sus emires, como Al-Zahir Baybars, dijeron en sus consejos:
—El mundo solo se sostiene por el respeto, y el ejército solo se mantiene con obediencia.
Esa afirmación resumía el espíritu de la era mameluca: el orden militar como creador de estabilidad, y el miedo como garantía de supervivencia. Así, los mamelucos encarnaban de nuevo aquella máxima antigua que susurra entre las líneas:
—¿Libertad? Carga para el gobernante, cadenas para la ambición, obstáculo para la historia.
Muhammad Ali Pasha
Muhammad Ali Pasha (1769–1849) fundó un estado de hierro envuelto en el ropaje de la modernización. Creía que las naciones no se construyen con sueños, sino con fuerza, y que el pueblo —en su esencia— es un niño que no sabe lo que le conviene.
Una vez resumió su filosofía autoritaria en palabras contundentes:
—El pueblo es un niño que no entiende lo que le conviene; el gobernante es su padre que le impone el orden.
En esta visión paternalista y estricta, la libertad no era un derecho político, sino un peligro que requería tutela y disciplina de mano firme. Por eso, cuando se dirigió a algunos de sus asesores europeos, lo hizo con confianza y rigor:
—Egipto no se levantará sino se educa con mano firme.
Él veía en la dureza el camino hacia el progreso, y en la participación un debilitamiento que paralizaba al Estado. Cuando se le sugirió crear un consejo de consulta más amplio, se rió con sarcasmo y dijo:
—¿Quieren que me entregue a quienes no saben lo que quieren?
Para él, la palabra no compartía con la espada la construcción de la historia; debía someterse a ella.
Muhammad Ali construyó un Estado centralizado de disciplina férrea; transformó Egipto de una sociedad mameluca fragmentada en un aparato estatal moderno. Pero pagó un precio alto: anuló la independencia de los eruditos y notables, y convirtió a todos en instrumentos de su ambicioso proyecto de modernización.
Luego, avanzó sobre los opositores y los ulemas; subordinó Al-Azhar a su autoridad, y reprimió a los maestros que se le oponían, entre ellos Omar Makram, a quien exilió después de haber sido su aliado en los primeros años de gobierno. La libertad política, en su lógica, no era un derecho sino un obstáculo al progreso y un debate que entorpecía la construcción del Estado.
Monopolizó la economía, la agricultura y el comercio para asegurar el control absoluto de los recursos y de la sociedad. Creía que la libertad económica debilitaba la disciplina y abría la puerta al caos que amenazaba su gran proyecto.
Y cuando quiso formar un ejército moderno, impuso un reclutamiento obligatorio severo sobre los campesinos, llevándolos encadenados a los cuarteles, pues estaba convencido de que la historia no se hace con discusiones, sino con la espada y la obediencia.
Al final, el Estado de Muhammad Ali era un renacimiento sobre una base de hierro: una nación que soñaba con el progreso, pero temía la libertad, y que creía que el orden precedía a la dignidad y que la obediencia allanaba el camino hacia la civilización.
Así se encarnaba en él un nuevo rostro de la vieja máxima:
—¿Libertad? Carga para el gobernante, cadenas para la ambición, obstáculo para la historia.
Abderramán, el Entrante, llegó a Al-Ándalus desde las cenizas del Oriente, con la memoria del derrumbe de los omeyas en Damasco aún viva en su pecho, y el aliento del último fugitivo de un imperio extinto siguiéndolo. La tierra que pisó estaba dividida, disputada por tribus árabes y bereberes, por lealtades que sólo coincidían bajo el filo de la espada.
No era un soñador de democracias ni creyente de la consulta; era un hombre de supervivencia que veía en el hierro la salvación del caos. Fundó su reino sobre una única regla: primero el ejército, luego la disciplina, después cualquier palabra.
Los historiadores cuentan que repetía:
“El poder no se construye con suavidad, y la libertad del pueblo no le conviene.”
En pocas palabras, su filosofía era clara: la libertad debilita la lealtad; un estado no se sostiene con diversidad, sino con obediencia. Y en sus consejos solía decir:
“La gente no se une por la razón; los une la espada y el respeto.”
Como si su voz interna resonara con las palabras de Hajjaj siglos atrás: “Veo cabezas maduras listas para ser cortadas…”. Para él, el poder no podía tolerar voces múltiples; necesitaba un silencio que garantizara su permanencia.
Al llegar a Al-Ándalus, la encontró fragmentada entre árabes y bereberes, yemeníes y mudéjares. Eligió unirla con la espada, no con el consejo; con la autoridad, no con la libertad. Para Abderramán, el caos que había destruido a los omeyas del Oriente era prueba suficiente de que la libertad traía la ruina.
Creó un estado centralizado y fuerte, eliminando la independencia de los líderes locales, concentrando toda lealtad hacia sí mismo. En su lógica, un reino no se gobierna con lealtades múltiples, sino con obediencia unificada.
No dudó en sofocar las rebeliones internas cuando surgieron, convencido de que la seguridad y el orden debían preceder a la libertad, y que cualquier tolerancia ante la desobediencia era la antesala de la destrucción.
Su ejército y sus mercenarios, leales solo a él, eran la garantía del reino; los líderes, los sabios y la élite solo eran instrumentos en su proyecto. Para Abderramán, la fuerza era el lenguaje que la historia entendía.
En esencia, Abderramán encarnaba aquella máxima inmutable:
“¿Libertad? Una carga para el gobernante, un freno a la ambición y un obstáculo ante la historia.”
Y así, mientras unificaba Al-Ándalus, también erigía los cimientos de un estado de hierro que sobreviviría siglos, gobernado en nombre del orden y temeroso de experimentar con la libertad.
Abu al-‘Abbas al-Saffah (722–754), fundador del califato abasí, lleva en su apodo la esencia de una época nacida de la violencia. “El Sanguinario”, que derramó sangre no por venganza, sino para edificar, sobre los restos de los omeyas, un estado nuevo en nombre de la “verdad” abasí. Creía que la dureza era necesaria para el nacimiento y que la libertad podía sofocar al recién nacido antes de que respirara.
Al subir al púlpito tras asumir la califalía, proclamó:
“Dios nos ha enviado para establecer la verdad y aplastar la falsedad; quien nos desafíe, fracasará.”
Sus palabras equiparaban autoridad y derecho divino, y convertían la oposición en herejía política. Saffah no toleraba la disidencia ni la duda: eliminó a sus rivales dentro y fuera, y anuló las autonomías tribales para concentrar toda la autoridad en un único centro. Para él, la libertad no era un valor, sino un peligro existencial: las voces múltiples presagiaban el caos que había destruido a sus predecesores.
Abu Ja‘far al-Mansur (714–775), el verdadero arquitecto del estado abasí, consolidó lo que Saffah inició con miedo. Estratega de mirada larga y astucia calculada, también veía en la libertad un riesgo para la unidad del califato y en la consulta absoluta un camino hacia la anarquía.
Decía con franqueza:
“Un pueblo consultado en su gobernante no mantiene jamás la cohesión.”
Para él, la nación sólo se sostiene con un silencio disciplinado y un soberano como “mente única” que nadie ose desafiar. Reiteraba:
“Juro que el orden de este pueblo sólo perdura mediante el miedo; si se sienten seguros, se dispersarán.”
Creó un sistema de espías y vigilantes que observaba por igual a gobernantes y súbditos, haciendo del estado un ojo que nunca duerme. Eliminó a los opositores, desde alauitas y jaridíes hasta pensadores críticos: la diferencia era la primera grieta de la división. Fundó Bagdad como sede absoluta del califato, ciudad concebida para encarnar un poder centralizado que gobierna mediante control y respeto, no mediante libertad ni consulta.
Con Saffah y Mansur se completó la forma de lo que podríamos llamar el “estado de hierro” islámico temprano: uno fundado por el miedo, consolidado por la vigilancia calculada, ambos convencidos de que la libertad debilita al Estado y que la obediencia —aunque aplastara almas y pensamientos— es el único cimiento del poder.
Con el auge de la influencia europea y la aparición de conceptos nuevos en el horizonte —“constitución”, “libertad de prensa”, “derechos del ciudadano”— los hombres del Estado otomano sintieron miedo. Veían estas ideas como una amenaza directa al orden imperial que sostenía el poder desde hacía siglos.
La “libertad” se convirtió en un peligro sutil, una conspiración invisible destinada a desgarrar la estructura del imperio, como una espada oculta que apuntaba al corazón del Estado.
Se cuenta que uno de los grandes visires dijo en un consejo en Estambul, en 1880:
“Si dejamos que la gente hable como quiera, el Estado se destruirá con sus propias palabras.”
La palabra libre, para ellos, era más peligrosa que cualquier arma.
Bajo el sultán Abdul Hamid II (1876–1909), repetía en sus audiencias:
“La libertad que piden no es más que caos disfrazado.”
Un mensaje claro: la libertad no era un valor, sino un instrumento de destrucción occidental que amenazaba la estabilidad de la Sublime Puerta.
Dos años después de la promulgación de la primera constitución en 1876, fue suspendida bajo el pretexto de “proteger al Estado del desorden”. La libertad, en la práctica, se convirtió en un riesgo para la unidad de la autoridad, no en un derecho adquirido.
Se estableció una vasta red de vigilancia sobre periódicos, correspondencia y consejos. Abdul Hamid II creó la temida “Policía Secreta Hamídica”, uno de los sistemas de espionaje más extensos del Oriente, para perseguir escritores y pensadores.
En este contexto, la libertad se convirtió en un crimen castigable. Los movimientos constitucionalistas y reformistas, como los Jóvenes Turcos antes de 1908, fueron reprimidos bajo el argumento de que “debilitaban al Estado frente a Occidente”.
El hombre sonrió para sí, anotando en el margen:
“¡Qué creador de historia gloriosa!”
En el jardín exterior, los árboles se alineaban como soldados silenciosos, y sus hojas caídas susurraban secretos de siglos. Se acercó un hombre de religión, elegido por un príncipe, vestido con un traje que no pertenecía al común de los mortales, sino a la sombra misma de la autoridad; un uniforme que brillaba bajo el sol, donde cada puntada era una promesa de firmeza y poder.
Pasó la mano por su larga barba, como si quisiera acariciar el tiempo mismo, y se acercó con pasos pesados. Sus ojos brillaban entre la curiosidad y el miedo, y su sonrisa serena era como un filo que relucía en la penumbra.
Se detuvo frente a él, y su voz, profunda como un eco de la historia, arrojó palabras que golpeaban como piedras en el pecho:
“¿Quién eres tú para juzgar a estos grandes que han forjado nuestra historia islámica?”
Era un sonido que explotó el silencio del jardín como un relámpago. Su sonrisa contenía el terror envuelto en calma. Sintió que el suelo bajo sus pies se convertía en un tablero de ajedrez, donde cada paso estaba calculado, y los árboles lo observaban con ojos invisibles, guardando memorias de batallas, poder y siglos de autoridad.
En aquel instante, el hombre de religión no era solo un ser ante él, sino la encarnación misma del poder, de una historia que se negaba a borrarse, y de un miedo ancestral que habitaba las almas desde hacía siglos. Cada palabra suya parecía susurrar al tiempo mismo: mantente obediente, y no permitas que nadie cruce los límites de lo heredado, por más alto que se alce el clamor de la justicia o la valentía.
Allí estaba él, inmóvil en aquel solemne silencio, sintiendo que la historia lo observaba, lo juzgaba, exigiéndole elegir entre el silencio o la rebelión, entre enfrentar el poder tal como era, o inclinarse ante él como hicieron quienes le precedieron.
Recordó entonces las voces de ciertos eruditos de la comunidad, los que justificaban todo acto bajo el manto de la religión:
—Hemos creado la jurisprudencia, las escuelas, la interpretación… todo para que viva quien obedece y teme. Y quien no lo hace, su destino es claro.
Una sombra emergió de la penumbra, como nacida de la memoria misma de la tierra, el espectro de uno de los inocentes que habían sido asesinados a lo largo de la historia, dejando tras de sí un silencio que gritaba en la conciencia de los vivos. Callado, su silencio era más poderoso que cualquier grito; su presencia reescribía cada tragedia, cada lágrima ignorada, cada voz sofocada. Se detuvo frente a ellos, levantó su rostro hacia el cielo encapotado, buscando una respuesta en el horizonte oscuro, y habló con un sonido que parecía el lamento de los tiempos:
—¿Realmente no merecíamos esa vida? ¿Acaso alguno de nosotros fue el califa que Dios quiso que fuera?
El silencio se volvió denso, como si la pregunta misma abriera una herida sobre la faz de la historia, hiriendo presente y pasado, recordando a los vivos que solo habían sido testigos de la crueldad de un tiempo implacable.
Un soldado avanzó, su armadura reflejando restos de sangre antigua, y su rostro mostraba el agotamiento de los siglos y la amargura de la elección forzada. Su voz, ronca, confesaba en nombre de quienes habían sido elegidos entre matar o morir, entre obedecer o traicionar:
—Soy solo un hombre que quería vivir… pero solo encontré dos opciones: ser asesinado, o convertirme en el ejecutor de asesinatos, saqueos y dominación.
El jardín antiguo tembló bajo el peso de sus palabras, como si recuperara ecos de gritos enterrados en sus entrañas durante siglos, como si cada piedra y cada hoja guardaran confesiones no pronunciadas: la historia no había muerto, seguía juzgando a sus hijos en un silencio interminable, un silencio que gritaba verdades ignoradas.
Desde atrás, un sonido sacudió todo el lugar; los árboles vibraron como a punto de caer de sus raíces y perder sus hojas ante el horror:
—¿Acaso todos ellos, y ustedes también, ignoraron el propósito que Dios quiso para toda la humanidad y toda criatura?
El sonido era un rayo que condensaba una pregunta eterna, conectando pasado y presente, pecado y obediencia, libertad y tiranía. Cada sombra tembló, y cada latido en el jardín parecía susurrar: la historia no es solo lo que vivimos, sino lo que llevamos en nuestro silencio y conciencia.
Finalmente, apareció el rostro de uno de aquellos que habían encarnado el poder a lo largo de las eras, avanzando hacia él con pasos firmes, ojos llenos de autoridad y amenaza. Se detuvo frente a él, y su voz, nacida de la memoria extendida a través de la historia, dijo:
—Seguramente afirmas este significado de libertad solo después de haber conocido la libertad disfrazada, en una sociedad construida sobre la esclavitud de pueblos y naciones.
El hombre tembló ante el peso de esas palabras; sus dedos vacilaron entre las páginas antes de escribir con una voz interna que mezclaba ira y fe:
—¿Acaso Dios no os envió a todos profetas y mensajeros? ¿No os enseñaron que el Corán no presenta la libertad como un estandarte político ni un emblema externo, sino como un deber de fe y condición para la dignidad humana?
Respiró hondo y continuó, con la voz fortaleciéndose con cada palabra:
—La libertad libera al ser humano de tres esclavitudes: la esclavitud de los deseos, la esclavitud de otros hombres y tiranos, y la esclavitud de la ignorancia y la tradición. Solo a través de la entrega absoluta a Dios nace la verdadera libertad del ser humano.
Levantó la mano hacia el cielo, como si quisiera recibir fuerza desde lo alto, y dijo:
—Dios, exaltado sea, lo ha confirmado en Sus signos, en Su libro sagrado, que proclama la dignidad del hombre y su derecho a elegir:
“¡Oh humanidad! Os hemos creado de un hombre y una mujer, y os hemos hecho pueblos y tribus para que os conozcáis. El más noble ante Dios es el más justo.”
“Hemos honrado a los hijos de Adán, los hemos transportado por tierra y mar, les hemos provisto de lo bueno y los hemos preferido sobre muchos de los que creamos.”
“No hay coacción en la religión; el camino correcto se distingue del extravío.”
“Quien quiera, que crea; quien quiera, que no crea.”
“No cargas tú la culpa de otro.”
“Aquellos que transmiten los mensajes de Dios y le temen a Él, no temen a nadie más.”
Se detuvo un momento, respirando despacio, compartiendo su silencio con la historia misma, consciente de que sus palabras no eran solo un eco interno, sino un arma contra la opresión y la tiranía. La libertad no es un lema, ni un símbolo externo; es un principio de fe y un derecho inherente a la dignidad humana.
El líder político, apoyado en su bastón, con una sonrisa que parecía reflejar la historia misma y un dejo de burla, replicó con frialdad:
—Hablas así porque no sabes cómo se mantiene la vida estable; la vida de todos solo se sostiene en una sociedad unificada, y eso solo funciona con política.
El hombre bajó la cabeza y cerró los ojos por un instante, evocando en su mente las palabras y acciones de los líderes de quienes había leído, comprendiendo los cimientos sobre los que construyeron sus imperios y naciones. Tomó su pluma y papel y escribió su respuesta, dirigido al arrogante que se proclamaba heredero de los grandes líderes de la historia:
—El Islam, que Dios eligió para toda la humanidad, es esencialmente liberador, no opresivo ni coercitivo. Ha liberado al ser humano de la esclavitud hacia otros que no son Dios, de la obediencia ciega, y de la injusticia social y política. Le otorgó voluntad, dignidad y responsabilidad.
El hombre se detuvo un instante, como si relatara al tiempo mismo una parábola sagrada, y añadió:
—Dios envió a Sus profetas para guiar a las sociedades y enseñar a la humanidad el sentido de la justicia y la libertad:
“Todo musulmán es sagrado para otro: su sangre, su propiedad y su honra.”
“No hay superioridad del árabe sobre el no árabe, ni del rojo sobre el negro, salvo por la piedad.”
“Todos sois guardianes, y cada uno responsable de su comunidad.”
“Las acciones se juzgan por las intenciones.”
“Nadie cree hasta que ama para su hermano lo que ama para sí mismo.”
“Quien libere a un creyente será liberado de cada parte de su ser del fuego del infierno.”
“No falla quien consulta, ni se arrepiente quien pide guía.”
“No hay obediencia a la creación en desobediencia al Creador.”
“Quien establece una buena tradición en el Islam, recibe su recompensa y la de quien la siga; quien establece una mala tradición, cargará con su pecado y el de quien la practique.”
“He sido enviado para perfeccionar las nobles virtudes.”
Las palabras vibraron en el aire del jardín, como ecos de una sociedad que aún no moría, una comunidad que afirmaba la libertad, rechazaba la esclavitud y elevaba la dignidad humana por encima de cualquier poder opresivo. Cada letra escrita era como una espada que cortaba las ilusiones de los tiranos y devolvía al colectivo su derecho a la justicia y la dignidad.
El político se quedó quieto un momento, sus rasgos reflejaban una invitación a contemplar la historia con ojos más amplios que el instante presente. Con voz pausada, cargada del peso de la experiencia, dijo:
—Pero todos estos acontecimientos, todas estas masacres… ¿eran exclusivas de los árabes musulmanes? ¿O acaso todas las naciones, todas las civilizaciones, han llevado en su historia la lucha por la supervivencia y el poder?
El hombre sonrió en silencio, contemplando la magnitud de la batalla que se había acumulado en las páginas de la historia: entre la ambición y el poder, entre los valores y la sangre, entre el ser humano y sus cadenas. Sus palabras se filtraban como ecos en salas antiguas, gritando nombres de quienes gobernaron, de quienes dominaron, de quienes justificaron decisiones en nombre del “deber nacional” o de la “autoridad divina”.
Luego alzó su pluma y escribió:
—La lucha de la historia no pertenece a un solo pueblo o religión, ni la evaluación de los hombres se limita a una nación. Cada civilización ha sostenido conceptos de poder y soberanía, ha impuesto límites y hegemonías, y ha quedado registrada en los libros de sangre. ¿Qué diferencia hay entre un rey o un líder que impuso su orden con la espada y otro que eligió el miedo como instrumento de control?
El silencio llenó el lugar, como si la historia misma contuviera la respiración para escuchar la pregunta y aguardara la respuesta que solo se completa en un pensamiento que trasciende geografía y tiempo, en una visión que reconoce que la libertad no es lujo ni privilegio, sino un derecho universal del ser humano, sin importar nombres ni eras.
El político dio un paso más, clavando la mirada en el hombre, como si quisiera leer su corazón antes que su mente. Su voz mezclaba ironía y desafío:
—Hablas de libertad como si fuera un derecho otorgado o ganado. Pero dime, ¿acaso la vida no se estabiliza sino en una sociedad unificada? Solo la disciplina garantiza su permanencia. Todo lo demás es caos, y cada voz disonante amenaza la estructura.
El hombre avanzó con calma por el antiguo jardín, donde los árboles susurraban voces olvidadas y las sombras se extendían como almas buscando respuesta. Alzó la cara hacia el cielo nublado y habló con un tono donde la fe se mezclaba con una ira contenida:
—El Islam, que Dios aceptó para toda Su creación en su esencia, es un proyecto liberador, no esclavista. Liberó al hombre de la adoración de lo que no es Dios, de la obediencia ciega, del injusto poder social y político. Enviando profetas, guió a las sociedades con valores elevados, instaurando justicia, dignidad y sembrando misericordia en los corazones.
Se detuvo un instante, como convocando las voces del tiempo, y señaló antiguos textos que el viento recitaba sobre las hojas:
—En la Torá, Éxodo 20:13–16, se nos enseña:
“No matarás, no robarás, no cometerás adulterio, no darás falso testimonio contra tu prójimo.”
Y Moisés dice en Éxodo 22:21:
“No oprimirás al extranjero ni lo molestarás, pues ustedes también fueron extranjeros en la tierra de Egipto.”
Estas leyes reconocen la sacralidad del ser humano frente a su prójimo: su sangre, su propiedad, su dignidad —como lo confirma también el Hadiz del Profeta.
El aire temblaba a su alrededor mientras continuaba, su voz cargada de desafío y fe:
—En Deuteronomio 10:17, Moisés dice:
“Porque el Señor vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, el gran, poderoso y temible Dios; no hace acepción de personas ni acepta sobornos.”
Y en el Evangelio, Cristo afirma:
“Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo.” (Gálatas 3:28)
Todos estos textos enseñan que la verdadera distinción no está en el origen, la raza o el color, sino en la fe y en la obra justa.
Se acercó a un banco abandonado y se sentó, dibujando con la mano un círculo en la tierra, como si trazara los límites entre la injusticia y la justicia.
—David dijo en los Salmos 78:70–72:
“Escogió a David, su siervo, y lo tomó del aprisco, detrás de las ovejas, para pastorear a Jacob, a su pueblo, y a Israel, su herencia. Los cuidó según la integridad de su corazón, y con la destreza de sus manos los guió.”
Y Jesús afirmó:
“El buen pastor da su vida por las ovejas.” (Juan 10:11)
—Todo esto habla de responsabilidad moral y de la misericordia del liderazgo —continuó—, hacia aquellos a quienes se les confía nuestro cuidado: la familia, la nación, la comunidad.
Levantó los ojos al cielo y añadió:
—Moisés dijo en Hechos 5:29, a través de los apóstoles:
“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.”
Y en Deuteronomio 13:4:
“Seguiréis al Señor vuestro Dios, le temeréis, guardaréis sus mandamientos, escucharéis su voz, le serviréis y en Él os mantendréis firmes.”
—El significado es claro: ninguna autoridad humana puede exigir obediencia cuando contradice la voluntad divina.
Su voz se elevó, resonando como un grito que recorre la historia de la injusticia:
—El profeta Miqueas 6:8 dijo:
“Se te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno; y qué pide el Señor de ti: actuar con justicia, amar la misericordia y andar humildemente con tu Dios.”
Y Cristo en el Sermón del Monte proclamó:
“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia; bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.” (Mateo 5:7–8)
—Todos los profetas, de Adán hasta Muhammad ﷺ —concluyó— hablaron con una sola voz:
La dignidad humana refleja la dignidad de su Creador,
La libertad solo se realiza con responsabilidad,
Y la justicia solo puede sostenerse sobre la misericordia.
Cuando la brisa se elevó entre los árboles, los presentes sintieron que las palabras ya no eran simples sonidos, sino un eco vivo que respiraba, no solo en el jardín antiguo, sino en todo el universo. Susurraba que la historia aún juzga, que los mensajes éticos no mueren, y que la verdadera libertad comienza donde termina la obediencia ciega a la injusticia.
El político tembló levemente, como si las palabras atravesaran su armadura, retrocedió unos pasos, pero recobró la compostura y esbozó una sonrisa fría:
—Es hermoso… pero, ¿no ves? Todas las civilizaciones enfrentaron los desafíos de la supervivencia, todas las naciones y líderes se vieron obligados a imponer el orden con fuerza, ¡de lo contrario sus pueblos se desmoronaban en el caos!
El hombre suspiró, asintió, y agregó con voz cargada de certeza moral:
—Sí, el conflicto fue global, pero la diferencia es que el Islam estableció reglas, delimitó lo permitido y lo prohibido. El poder no es absoluto, la fuerza no es un fin en sí misma. La libertad no es un lema, es responsabilidad, un deber de fe antes que un derecho político.
El silencio se volvió pesado; cada sombra del jardín parecía susurrar asombrada. Entonces el político gritó, esta vez con un tono que mezclaba temor y desafío:
—¿Y qué pasaría con esa libertad si la soltamos? ¿Si la gente decidiera gobernarse a sí misma? ¿No destruiría los Estados sus lenguas y pensamientos?
El hombre sonrió, como si contemplara toda la historia ante sí:
—La libertad no destruye los Estados, destruye la ignorancia y libera las mentes. La historia que crees que es espada de control, puede ser escrita con valores elevados, donde cada gobernante responde por la injusticia cometida y cada pueblo por su silencio.
Un largo silencio llenó el aire, y el viento se filtró entre los árboles, llevando ecos del pasado, como si dijeran: “La historia no se olvida, la libertad no se mata.”
Una voz distante surgió detrás de un muro antiguo:
—¿Y tú por qué?
El hombre respondió:
—¡No entiendo tu pregunta!
El eco volvió, reverberando en el espacio:
—¿Por qué eres tú quien adopta estas ideas y abre el camino para que todos las revivan? ¿Por qué nadie antes de ti las proclamó?
El hombre se detuvo, mirando hacia el origen del sonido que se desvanecía tras el muro, como si viniera de otro tiempo. Tomó un profundo respiro y dijo con una voz que mezclaba humildad y firmeza:
—Porque las ideas eligen a sus portadores en el momento en que el mundo más los necesita. No fui el primero en hablar de esta libertad, pero los que vinieron antes fueron silenciados por la espada o el miedo. Cada generación hereda una sombra de la verdad, y espera a quien la haga vivir.
El sonido retrocedió, como si escuchara, y el hombre continuó:
—No soy profeta ni líder; solo soy un eco de una palabra pronunciada hace mil años y cuyo resonar aún no se escuchaba. La verdad no muere, pero permanece oculta hasta que alguien cree que la palabra es más fuerte que la espada.
El jardín vibraba bajo la brisa vespertina, y los árboles se inclinaban como compartiendo el diálogo de las almas presentes. Se sentaron en un círculo invisible, cada uno cargando el eco de su propia vida, cada palabra un peldaño hacia la comprensión.
Husayn ibn Mansur al-Hallaj levantó la cabeza primero y dijo con voz firme:
—Yo soy la verdad… llamé a la unidad del ser y a la libertad del espíritu en su relación con Dios. Los políticos y los juristas crucificaron mi mente con espadas y me ajusticiaron en Bagdad… pero el amor divino y la libertad interior siguen vivos en quienes buscan la sinceridad.
Al-Sahravardi sonrió, con ojos que irradiaban dolor y entendimiento:
—Y nosotros, Hallaj… intentamos combinar la sabiduría griega con la luz divina, demostrar que el ser humano es capaz de la iluminación interior… Me ejecutaron joven por herejía, pero el pensamiento sigue vivo, y es él quien libera el alma de la opresión.
Ibn al-Muqaffa avanzó, con los ojos encendidos:
—Escribí sobre el contrato social y la libertad del pensamiento siglos antes que Rousseau… Cada palabra que pronuncié era un crimen para el poder, me quemaron vivo, pero quien me escucha hoy entiende que la verdad no puede arder.
Al-Kawakibi habló con voz tranquila y llena de fe:
—Denuncié la tiranía en nombre de la religión y escribí Tabai al-Istibdad y Umm al-Qura… Morí en el exilio, envenenado en El Cairo, pero la voz de la libertad no murió; sigue resonando en los corazones de quienes anhelan justicia.
Bruno levantó la cabeza desde las sombras y dijo, su voz retumbando entre los árboles:
—Afirmé que el universo es infinito y que Dios está en todo… Me quemó la Iglesia, pero la valentía del pensamiento libre permanece, y el pensamiento no se somete.
Spinoza habló con ojos tranquilos y voz profunda:
—Fui expulsado de mi comunidad por defender la libertad de pensamiento y la crítica de los textos sagrados… Viví aislado, pero mi espíritu fue libre, y el pensamiento ilumina incluso en la oscuridad.
Sócrates sonrió, su voz llenando el espacio:
—No renuncié a mis ideas… me acusaron de corromper a la juventud y me condenaron a muerte. Bebí la cicuta diciendo a mis discípulos: “El pensamiento no puede ser encarcelado”.
Al-Hallaj alzó la voz con desafío:
—Entonces… ¿la libertad es solo una palabra que se pronuncia, o es un camino interior que empieza en el espíritu y llega a la sociedad?
Respondió Al-Sahravardi:
—Es un viaje hacia la luz, que comienza con la comprensión, florece en sabiduría y libera al hombre de la ignorancia y la opresión.
Intervino Ibn al-Muqaffa:
—Pero quien no se atreve a hablar por miedo a la espada, sigue siendo esclavo… La libertad exige coraje del espíritu antes de manifestarse afuera.
Al-Kawakibi negó con la cabeza:
—La verdad, por mucho que permanezca en silencio, siempre emerge. Toda tiranía se derrumba ante la luz de la razón y la conciencia; esas son las leyes de la naturaleza humana.
Bruno agregó:
—Aunque quemen nuestros cuerpos, las ideas seguirán viajando en el tiempo… y todo el universo es testigo del valor humano.
Spinoza habló con voz profunda:
—El pensamiento crítico es una responsabilidad. La libertad no es un privilegio ni un lema, sino un deber para quien busca la justicia y la verdad.
Sócrates miró a todos y dijo:
—La honestidad con uno mismo genera al verdadero libre… quien no se conoce a sí mismo, no conoce la libertad.
Entonces se levantó Al-Hallaj y dijo, con voz que estremecía el lugar:
—La obediencia ciega al poder no crea al hombre; transforma el espíritu en esclavitud.
Al-Sahravardi sonrió:
—La razón es la guía, la fe es la luz… juntas forman una sociedad libre, que la tiranía no puede amenazar.
Ibn al-Muqaffa intervino:
—Quien no alza la voz permanece esclavo, aunque viva toda su vida… La libertad exige resistencia y lucha constante.
Al-Kawakibi levantó la mano:
—El sacrificio no es en vano. Cada palabra escrita, cada idea difundida, construye un legado de libertad… aunque sus autores no vean sus frutos en vida.
Bruno exclamó:
—El pensamiento está vivo, incluso si los tiranos intentan enterrarlo… Cada idea verdadera abre un horizonte nuevo para la humanidad.
Spinoza sonrió:
—Y la crítica genera luz que libera la mente de la ignorancia y de la superstición.
Sócrates miró a los presentes y dijo con firmeza:
—La verdad unida al conocimiento de uno mismo genera la libertad… Quien no se conoce a sí mismo, no conoce la libertad; y quien desconoce la verdad, no entiende la justicia.
El jardín tembló bajo la brisa vespertina, y los árboles se mecían como si compartieran la conversación con las almas reunidas. El hombre se sentó en un círculo invisible, el lápiz en su mano brillando con el fulgor de ideas enfrentadas. Cada palabra que plasmaba sobre el papel era una piedra en el camino del entendimiento, y cada silencio, un grito interior contenido.
Levantó de nuevo el lápiz y habló con voz donde la tristeza se mezclaba con la determinación:
—El pensamiento no muere… la libertad persiste… y por más que los tiranos intenten silenciarla, el hombre seguirá buscando la verdad y la dignidad.
Continuó:
—La historia no es pura, ni infalible, ni inocente… es el reflejo de cada conflicto humano, de la codicia, del miedo del hombre por sí mismo y por los suyos, del deseo de poder, de salvación, de botín y de dádivas.
Frente a él apareció la imagen de sí mismo, envejecido y pensativo, y susurró en silencio:
—Sin embargo, la lectura no era solo conocimiento… era un enfrentamiento interno, un diálogo con todo lo que la historia ha creado, con quienes permanecieron callados y con cada voz que debió ser escuchada y no lo fue.
Se sentó de nuevo, con el lápiz en la mano, reuniendo todas las voces, todas las posturas y contradicciones, en el jardín de su mente, donde la historia, la verdad, la política y la religión se entrelazaban. La escritura era la única vía para convivir con todo ello, para comprenderse a sí mismo y para enfrentar lo inasible que se incrusta en cada página de la historia.
Observó el papel, reuniendo en él todas estas experiencias: lo pequeño y lo grande, la conciencia y la memoria, la literatura y la historia, las preguntas sobre la escritura y las máscaras que había usado toda su vida. Estaba listo para revelar la verdad, por dura que fuera, aunque el mundo pareciera sorprendido o no preparado para escucharla.
Recordó sus primeros pasos en la comprensión de la política y susurró para sí:
—Comencé a percibir mi propia debilidad política desde que despertó mi conciencia cívica. Era inevitable que adoptara las convicciones que imponía la realidad frente a quienes ostentaban el poder supremo, para protegerme a mí y a los míos de sus intrigas, engaños y abusos del poder establecido.
Susurró con voz apenas audible, como confesando a sí mismo:
—Era pequeño ante ellos, impotente, sin otro recurso que someterme y fingir conformidad… frente a quienes poseían una fuerza moral y psicológica capaz de ascender, acompañada de una dignidad que los elevaba por encima de todos.
En su mente apareció la sombra de uno de esos funcionarios, severo, hábil en politizarlo todo, cuya voz resonaba en sus oídos:
—¿La estupidez? Solo es una manera de comprender el mundo a nuestra manera… Creamos leyes y conceptos, los esculpimos, les damos nombres solemnes, todo al servicio de nuestros intereses personales…
Entonces surgió la imagen de su yo infantil, tembloroso, intentando entender lo que ocurría, y preguntó con miedo:
—¿Cómo resistir y mantener mi dignidad, mientras todos a mi alrededor interpretan las cosas a su antojo y las convierten en herramientas de poder?
El hombre se estremeció por un instante, como si el aire mismo transportara el eco de la pregunta, y luego escribió en la hoja:
—El verdadero poder no está en las espadas ni en las leyes, sino en un espíritu que no se rompe, en un corazón que se niega a someterse… y en una pluma que escribe la verdad, aunque resulte dolorosa.
De repente, los sonidos comenzaron a elevarse en su mente, como multitudes del pasado y del presente; cada sombra de la historia le susurraba palabras que nunca se habían pronunciado:
—La historia… no perdona… pero enseña quién tiene el valor de enfrentarla.
—El poder… es solo una prueba para cada alma… quien se arrodilla cae, quien resiste se inmortaliza.
—La conciencia… es la espada que no se oxida, y la pluma, la última fortaleza.
Se sentó con el lápiz entre los dedos, mezcla de temblor y firmeza, pensando en todos los que antes intentaron resistir: los que escribieron, los que gritaron, los que murieron, los que sacrificaron todo por la libertad, el pensamiento y la dignidad.
Y susurró para sí mismo:
—Yo también… escribiré… enfrentaré… y seré fiel a mí mismo… aunque todo el mundo se ponga en mi contra… aunque otras plumas callen.
El jardín se estremeció nuevamente, como si los árboles le aplaudieran en silencio, y el aire murmuraba entre las sombras:
—La verdad… permanecerá viva… y el pensamiento y la libertad… seguirán… por más que los tiranos intenten silenciarlos.
Los primeros rayos tímidos del amanecer se filtraron entre las ramas, iluminando el jardín donde él permanecía en silencio, rodeado por los dos perros: el grande y negro, símbolo del peligro y la vigilancia; y el pequeño y blanco, portador de la inocencia y la curiosidad.
Las figuras de su vida comenzaron a unirse a su alrededor: el abuelo, la madre, el padre, los maestros, amigos y compañeros, algunos alumnos y sus familias, vecinos… todos sentados en silencio, llenando el espacio con el significado de la existencia y la memoria.
Las hojas que había escrito cobraron vida; el viento las levantaba y esparcía entre troncos, piedras y senderos, como pequeños mensajes destinados a quien los leyera o a cada alma que captara su eco. Ya no eran palabras inmóviles, sino diálogos vivos con cada instante vivido, con cada experiencia que había dejado su huella en su corazón.
Pasaron los días, y el jardín permaneció igual, custodiando sus hojas dispersas a través de las estaciones: en otoño danzaban entre hojas secas, en invierno quedaban cubiertas por la nieve, en primavera brotaban nuevos brotes y en verano se mecen bajo el sol dorado. Como si el jardín mismo proclamara la resistencia del pensamiento y la libertad del espíritu, incluso cuando su dueño partía sin anunciar su adiós.
El hombre estaba presente en cada hoja, en cada brisa, en cada sombra, mientras el tiempo avanzaba con calma. Y aunque desapareció de la vista, el eco de su voz interior permanecía en sus escritos, preguntando:
—¿Estuve en lo cierto? ¿Me equivoqué? ¿Fui lo suficientemente valiente?
Cuando la mujer volvió al jardín con su perro blanco, este se sentó a los pies del hombre, como guardando su legado silencioso. El viento seguía llevando las hojas, esparciéndolas por los rincones más remotos, mezclándose con el murmullo de los árboles, como si el jardín hablara bajito a todo aquel que pasara:
—El pensamiento no muere… la libertad permanece… aunque los tiranos intenten silenciarla y sus dueños se marchen de este mundo.
Pasaron los años y los rostros cambiaron, pero las hojas permanecieron, llevando consigo el legado simbólico del hombre, narrando sus luchas y sus preguntas, recordando a quien las encontraba que el ser humano puede irse, pero sus ideas, su dignidad y su espíritu libre seguirán vivos en cada brisa, en cada sombra, en cada rincón del jardín.
En el último espejo
Se silenciaron todos los sonidos, y los ecos giraban en su interior como el tiempo en un espejo roto; veía en él a su yo niño, a su yo hombre, a su sombra, todo a la vez.
Ya no distinguía al perro blanco, portador de su despedida, del negro, que persiguió su sombra en el pasado; ambos ahora se sentaban en el mismo umbral, como dos caras de una misma verdad.
Comprendió que la vida no es un escenario donde se interpretan máscaras diferentes, sino un viaje hacia la desnudez del ser, donde el intelecto que creyó refugio seguro era en realidad la primera celda que debía abrir con la llave de lo desconocido.
Al posar su pluma sobre el papel, sintió que las palabras ya no se escribían para leerse, sino para comprenderse en el silencio.
Cerró su cuaderno y contempló el jardín, que en la quietud del atardecer parecía lleno de todas las voces que lo habitaron: su madre, sus amigos, él mismo en todas sus edades.
Todos, por primera vez, sonreían en la misma dirección.
Sintió que ya no necesitaba defenderse, justificar su existencia, ni escribir para ser comprendido. Ahora veía.
Vio que la verdad no se dice, se vive; que lo desconocido no es lo que Dios oculta al hombre, sino lo que la luz mantiene velado hasta que la comprensión se completa; que la escritura misma es un acto de fe en esa luz. Cada palabra escrita, cada silencio habitado, era testigo de un viaje incompleto que había alcanzado su significado.
En los últimos pasos hacia la puerta del jardín, miró el banco donde solía sentarse: estaba vacío.
Pero en su interior sabía que el perro blanco nunca se había ido, y que el negro ya no lo asustaba. Ambos estaban dentro de él, ambos eran, al fin, la voz del hombre escuchándose a sí mismo.
Y entonces, la última frase surgió como un eco de su interior, repitiendo lo que un día escribió en una hoja blanca:
—Creo en lo desconocido… porque preserva mi humanidad del orgullo y me abre el camino hacia lo invisible.
Las letras se cerraron, y la historia quedó suspendida entre luz y secreto, esperando otro lector… dispuesto a abrir la llave de lo desconocido.
Numan Albarbari
Weissach im Tal, Backnang,
Baden-Württemberg, Alemania
28 de octubre de 2021

Corazones en la sombra